POR ALFREDO SERRA

Los libros de historia dirán que el comunismo murió entre la noche del jueves 9 y la madrugada del 10 de noviembre de 1989, pero no es cierto. Juro –y soy testigo– que el régimen fue derrotado a lo largo de diez días de mayo de 1975 por una beba de 3 años llamada María, un repartidor de leche y dos dentistas norteamericanos que viajaban en el mítico tren Transiberiano, del que fui solitario pasajero argentino.

Todo empezó a las diez y diez de la mañana del 6 de mayo, cuando el tren partió de la Central Norte de Moscú. Viaje interminable y monótono si los hay (90 estaciones, nueve días sobre ruedas y dos de paradas, casi once mil kilómetros entre Moscú y Najodka), su leyenda es mucho más la realidad. Y la leyenda funciona si uno ha leído la novela Miguel Strogoff, correo secreto del Zar, de Julio Verne, en la que el abnegado jinete cabalgó entre Moscú y el corazón de Siberia para entregar una carta. De lo contrario, ni eso…

Expreso Transiberiano

Al tercer día, suaves golpes en la puerta de mi camarote. Abro. Una beba de 3 años, rubia y de ojos ámbar, entra. Husmea primero mi bolso, repleto de cámaras y lentes, y luego mi valija, que yace abierta en la cama contigua a la mía. Descubre, entre la ropa previsible, unos pequeños pañuelos de seda comprados en París –primera escala aérea del viaje– para regalar a unas señoritas. Fascinada, casi hechizada por esos rectángulos, envuelve con ellos su cabeza, se mira en el espejo, los agita… La beba habla ruso; yo no, pero empezamos a entendernos con dibujos: un oso, un perro, una casa. Se llama María, y en adelante, al golpear la puerta, se anuncia como ¡María amiga! Amiga, una de las pocas palabras que pude enseñarle…

Llegado el sexto día, con lágrimas, me hace entender que ella y sus padres han llegado a destino, y deben bajarse. Le regalo todos los pañuelos, y me besa y me abraza como si fuera yo un mesías o un rey mago. Deliciosa e inolvidable escena…

En el decurso (bella palabra borgeana) del viaje, cada mañana, pasa un vendedor de leche en cartón, que junto con el té del samovar es el único desayuno soportable. Un día, mientras deja su mercancía y yo escribo parte de mi diario, descubre mi lapicera: una sencilla Cross de acero que en cualquier lugar del mundo libre costaba, en esos días, menos de diez dólares. La descubre, la mira con asombro, como si se tratara del Santo Grial o de Excalibur, la prodigiosa espada de la leyenda de Camelot, y quiere pagar por ella, desesperado, un puñado de rublos. Me apenan su oferta y su tenacidad, que llega casi al ruego de rodillas. Se la hubiera regalado, pero es mi único instrumento de escritura, y por cierto, imposible de ser reemplazado a bordo del tren ni en las estaciones. Entre otras cosas, porque al empezar el viaje me han confiscado el dinero –también el pasaporte–, cambiándolo por bonos de comida y alojamiento: una nada sutil forma de control impuesta por el régimen para evitar cualquier transgresión al plan de viaje…

Expreso Transiberiano

Al promediar la travesía, en una de las estaciones y en los quince exactos minutos concedidos para estirar las piernas y cambiar de aire, decido (a pesar de la estricta –e ingenua– prohibición) tomar una foto de la locomotora desde las vías: no un hallazgo del arte fotográfico, pero necesaria para mi nota en la revista Gente como enviado especial. Bajo a las vías, unas pocas tomas, y tres soldados altos y hoscos, fusil en ristre, me detienen. Hablo y no me entienden, hablan y no los entiendo: circunstancia obvia cuando chocan la lengua de Fiódor Dostoievski con la de Miguel de Cervantes Saavedra…

Situación límite: el tren está a punto de partir, y mi destino se torna ominoso. Entonces, el milagro. Uno de los dentistas Made in USA que viajan en un camarote cercano del mío, al ver la escena, baja con su cámara Polaroid en la mano y les pide a los soldados que posen. Los cuatro valientes del Ejército Rojo dejan sus fusiles en uno de los bancos de la estación, se agrupan y sonríen. El dentista hace clic, clic, clic, clic, y la cámara zumba cuatro veces al salir las placas. El dueño de la Polaroid les da a cada uno su placa. La miran con estupor; un gesto que crece a medida en que la imagen se define y cobra color, y que se parece –imagino– a la mirada del primer hombre que vio el primer fuego. Se olvidan de mí, su prisionero. Subo al tren lo más Pancho, el tren arranca, y lo último que veo son las cabezas de los cuatro soldados contemplando, todavía y quizá para siempre, ese portento…

La moraleja se cae, más que de madura, de podrida. Si en ese momento, a casi sesenta años de Revolución Proletaria Marxista Leninista en pos del Hombre Nuevo, el régimen no logró saciar la apetencia de tan inocentes fruslerías, ya estaba muerto. El derrumbe del muro sucedió catorce años después, pero fue apenas una anécdota.