El té
Ese milenario elixir


Se bebe desde tiempos inmemoriales y ha sido inspirador tanto de leyendas como de batallas y rituales. Es la segunda bebida más consumida del mundo, después del agua, y se presenta en más de tres mil variedades. Mágico y ancestral, todo su misticismo cabe en una taza. Bienvenidos al mundo del té.


L a palabra té proviene del chino cha, cuyos tres ideogramas significan “hierba”, “hombre sobre la tierra” y “árbol”. Tea en inglés, tee en alemán, thé en francés, chai en hindi y búlgaro, thea en latín, shai en árabe… Cada idioma encontró la mejor manera de bautizar a esta infusión que forma parte de la historia de la humanidad.

Entre el misterio que rodea sus orígenes, la mitología china se remonta desde hace cinco mil años, cuando Shen Nung --uno de los precursores de la medicina oriental--, descansaba junto a un árbol de té silvestre y una suave brisa hizo que algunas hojas cayeran sobre el agua que estaba hirviendo. Enseguida bebió la infusión y descubrió que, además de ser deliciosa, tenía propiedades benéficas para la salud. Los japoneses, por su parte, nunca aceptaron esta historia, y al igual que los indios, afirman que el té fue traído desde la India hasta China por Bodhidharma, el fundador del budismo zen. Se dice que hizo votos para permanecer meditando durante nueve años, y un día, el sueño lo rindió. Devastado, se arrancó los párpados y allí donde cayeron nació la planta del Camellia Sinensis.

Mucho tiempo después, a principios del siglo XVII, Occidente descubrió este tesoro de la mano de los colonizadores portugueses primero, y holandeses y británicos después. Cuando comenzó el comercio entre China y Europa, el consumo del té se popularizó en el Viejo Continente; aunque solo Rusia, Holanda e Inglaterra lo incorporaron ávidamente.
Más allá de las leyendas sobre su origen, el té es casi tan antiguo como la historia de la humanidad, y su degustación es honrada con rituales que enaltecen el espíritu, y que se preservan hoy en día. Para los chinos, una ceremonia exitosa consiste en que se manifiesten los cuatro factores esenciales del té: he (armonía), jing (respeto), mei (belleza) y zhen (verdad). La actitud del anfitrión es tan importante como la selección de las hebras y la tranquilidad del ambiente. Los japoneses, por su parte, celebran el Cha-no-yu, un rito que se fragmenta en múltiples pasos para revitalizarse espiritualmente y alcanzar la armonía con el universo. Son admirados los tés del silencio de los lamas, que en los templos, al meditar, beben la infusión en un cuenco sin asas y lo comparten mientras recitan los mantras, tomándolo con las dos manos para estar “más unidos y menos partidos”.

Todas las culturas orientales tienen su propio método y costumbres, pero más allá de la popularización de esta infusión, también en Occidente hemos aprendido de la historia para hacer de cada taza un pequeño ritual. Templar la tetera y el pocillo a utilizar, respetar los tiempos de infusión, según el tipo de hebras, y controlar la temperatura del agua son las reglas básicas para obtener una infusión perfecta. Pero quizá todo el esmero puesto en la preparación del té pueda sintetizarse en un concepto que transmitió Sen no Rikyu, un gran maestro japonés, en el siglo XVI. Para él, transformar algo tan simple en una ceremonia es un encuentro, una oportunidad. Sin duda, la del encuentro con otros y con uno mismo a través de los caminos a los que invita el té.
Más de 1.500 millones de tazas se beben por día en el mundo, y cada una, en distintas circunstancias y lugares, regala una experiencia irrepetible. Ya sea que se trate de hebras puras o blends, se beba con agua caliente o fría, se le agregue leche, miel, azúcar o limón, el té es noble y no conoce fronteras. A donde vaya lleva el sello de su origen e invita a quien lo bebe a un viaje a través de los sentidos. Sus hojas pueden haber sido cosechadas en Sri Lanka por mujeres tamiles, expertas recolectoras; quizás en Assam, donde se produce la mitad del té que proviene de la India; en Darjeeling, al pie del Himalaya, donde crecen las plantaciones en altura, o en alguna de las 18 regiones donde se cultiva el té en China.

Será en su historia, en la milenaria tradición, en los secretos que esconden sus hojas o las manos de quienes las cosechan, llevando entre ellas el perfume del sol y de la tierra; será en los caminos trazados en infinitos jardines, en la poesía que regala el aroma inigualable de una tetera humeante… Es imposible develar el misterio. El té guarda sabiduría, siglos de rituales desde la planta hasta la taza una procesión de detalles que se han gestado a través del tiempo, y que hoy, corporizado en un dorado licor, se nos ofrece como un tesoro tibio entre las manos.

Las mejores hebras del mundo
Si bien abundan las denominaciones, el verdadero té nace de una sola planta, originaria de China, llamada Camellia sinensis. Las variedades parten de las mismas hojas, son los procesos a los que se someten los que le brindan el aspecto, sabor y color a cada infusión. Hay cinco categorías principales, resultado de los tipos de cosecha y procesos posteriores:

Té blanco
Se elabora con hojas que no fueron sometidas al proceso de fermentación. Se utilizan los capullos más jóvenes que no fueron expuestos al sol. Al carecer de clorofila, presenta una tonalidad blanca y brinda un sabor sutil.

Té verde
Tiene una fermentación de hasta un 20 por ciento, y una vez cosechado, sus hojas son tostadas, prensadas y secadas al sol. Entre las variedades más famosas está el Matcha, té verde molido de alta calidad, usado para la ceremonia tradicional.

Té negro
Se oxida entre un 80 y un 100 por ciento. Por sus propiedades de preservación fue moneda de intercambio hasta el siglo XIX en Mongolia, Tíbet y Siberia. Es el té más bebido del mundo, principalmente en Occidente. Entre las variedades más famosas están el de Assam y Darjeeling, en la India, y el Ceylon, en Sri Lanka.

Té Oolong
Posee una fermentación intermedia entre el té verde y el negro. El proceso de oxidación se detiene por resecado, lo que le da un perfume característico. Si bien tiene su origen en China, Taiwán es su más importante productor, con los Oolongs de Formosa.

Pu-erh
Es de tonalidad rojiza y tiene la característica de mejorar con el añejamiento. Puede llegar a estar estacionado en barricas de roble, entre dos y 60 años. Es delicado y posee reminiscencias terrosas.


Un lujo posible

El té es un lenguaje y no lo veo como un producto. Si bien es la segunda bebida de mayor consumo en el mundo, en mi vida es una filosofía, un estilo. Es ser un poco un exquisito en la búsqueda de lo mejor, y así voy creando mis blends. Que el cacao venga de México y Venezuela, las vainillas de Madagascar, los cítricos del Mediterráneo, elegir las mejores hojas de verbena en el sur de Francia… fueron muchos años dedicándome a conocer los productos para elegirlos. Es un poco brindar el lujo posible y el lujo accesible.
He diseñado para los reyes de España, para el Ayuntamiento de Barcelona y marcas como Prada, Kenzo y Bvlgari, entre muchos otros. Pero una de las experiencias más fuertes fue la de crear un blend para el Dalai Lama. Preparé unas hojas de té verde enrolladas a mano en forma de perlitas envueltas con flores de jazmín. Al poner cinco de estas perlitas en la taza y agregarles el agua caliente se abren una a una, floreciendo.
Mi marca, Tealosophy, es una forma de vida y una filosofía. Es pausar, latir a un ritmo distinto, dando importancia a las pequeñas cosas. Uno a veces pierde el eje, por eso es importante volver. Creo que una taza de té acompaña todos los momentos, siempre marida bien.

Por Inés Berton
* Inés Berton es sommelier de té, reconocida como una de las 11 narices mundiales del té y creadora de Tealosophy.

Por Daniela Dini


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios