MARTINI
La bala de plata

Historia, misterios, secretos, anécdotas y recetas del cóctel más perfecto y famoso del mundo: Su Majestad el Dry Martini.

U mberto Eco (¡vaya referencia!) declaró, hace muy poco, que “el libro, como la rueda y la cuchara, no morirá jamás, porque es un invento perfecto”. Que me perdone el genial semiólogo, pero omitió algo imperdonable: no incluir, en esa noble lista, al cóctel

Dry Martini. De ese modo, su versión de lo perfecto habría alcanzado la cumbre. Así, a simple vista y para los profanos, el Dry Martini es apenas un sencillo ícono: copa en forma de pirámide invertida (clave del arte de escribir noticias), una largo y fino pie, y en su interior, un líquido casi transparente, como la piel de una bellísima vamp de los años 20, y en su fondo, como un diminuto cofre de tesoro apenas herido por un palillo (escarbadiente, si se prefiere usar ese horrendo sustantivo), una verde aceituna. Pero, ¿qué hay detrás? A eso vamos…

Su vaga cronología no se pone de acuerdo. Como el origen de las pirámides; como la existencia (o no) de los ovnis, y como el enigma de la Atlántida, el D.M (abreviatura que en adelante me permitirá ganar espacio), el más sensual, glamoroso, sutil, elegante y chic de los miles de cócteles que han sido urdidos desde que el neoyorquino Jerry Thomas, en 1830 y en la bahía de Sackets N.Y., creó el milagro del mix: la sabia (y a veces errónea y atropellada) mezcla de alcoholes, para gloria y maldición –según como se use– de lo que llamamos Humanidad, tiene un origen de muchas puntas y pocas certezas. Los italianos juran que ellos, en el siglo XVIII, fueron los primeros en mezclar gin y vermú. ¿Pruebas?: ninguna. Los ingleses refutan esa teoría. Dicen que era el remanso de sus tropas en la India, y que lo llamaban Rifle Martini & Henry: unión del célebre vermú con el clásico gin, que pegaba un culatazo no menor que sus rifles Henry. Cierto o faso, le sale al paso la versión norteamericana. Al parecer, un rico minero californiano de los años de la quimera del oro le ofreció al barman de un bar, Julio Richelieu, una fuerte recompensa a cambio de la invención de un cóctel que venciera a todos los conocidos. El desafío sucedió en el pueblo de Martínez, y la mezcla (tres partes de gin y una de vermú rojo), pasó a llamarse Martínez, y luego, Martini. Cierto o falso, San Francisco (EE.UU.) reclamó la paternidad, según se dice, generada por un barman de apellido Martínez. Pero no podía faltar, en la batalla, la orgullosa y opulenta Nueva York. Donde, en 1911 y a pedido del Rey Midas del petróleo John Davison Rockefeller, el cantinero jefe del hotel Knickerbocker (Martin di Arma di Taggia), mezcló gin y vermú en partes iguales, lo vertió en una copa triangular previamente helada, y le agregó (tiempo después) una aceituna. No quiero fatigar al lector: baste decir que también se adjudican la creación del D.M Nueva Orleáns, Lima, Barcelona, Copenhaguen, Venecia (donde trasegó infinitas copas Ernest Hemingway), Londres, y siguen las firmas… En realidad, poco importa. “Fue algo casual”, como decía, con modestia, un barman mexicano de apellido Martínez, que también se declaraba padre de la criatura. Pero, en la instancia de elegir, acudo a un genio del cine: el aragonés don Luis Buñuel, padre del impensado slogan “El Dry Martini no es un cóctel: es una bala de plata”, grabado a fuego en su libro de memorias El último suspiro, y a su receta. Anote o memorice. En la víspera del show, metía en la heladera todo el arsenal: copas, gin, coctelera. Al levantar el telón, y ya en su casa los amigos, ponía un tercio del hielo en la coctelera (hielo bien duro: nada es más letal para un D.M que el hielo mojado), agregaba seis gotas de vermú seco francés Noilly Prat –el mejor del mundo, y casi imposible de conseguir en nuestras pampas– y media cucharadita de Angostura, agitaba la coctelera un minuto (cuidado: el D.M. va agitado, nunca batido), desechaba el líquido conservando el hielo, volcaba el gin, y servía. Y hasta él, ateo militante, decía en ese momento “Gloria a Dios en las alturas, y paz a los hombres de buena voluntad”. Más datos: conseguir el libro (solo en España) Beber de cine, del director José Luis Garci.

En cuanto al british Michael Jackson (nada que ver con su homónimo genio de la música pop), acaso el hombre que más bares del planeta recorrió y autor de la imprescindible Guía Internacional del Bar, biblia sine qua non, adhiere casi textualmente a la fórmula Buñuel (“el vermú debe ser apenas una sombra: prporción 1 x 11”, fija el alma esencial del D.M (“sequedad absoluta”) y aconseja tres marcas de gin: Beefeater, Bombay y Tanqueray, aunque él usa el histórico Gordon´s. Pero las vertientes y las variantes son inagotables: un lujoso libro –The Martini Companion–, by el matrimonio Gary Regan and Mardee Haidin Regan, edición de Running Press, Philadephia-London, 1997, hace volar la santabárbara del tema: ¡fatiga 175 páginas con variantes del D.M!

Como bien imagino que el lector es viajero frecuente y no abstemio (¡vade retro, Satán!), me atrevo a sugerirle rincones del planeta en los que puede pedir un D.M perfecto: cualquier Harry’s Bar (París o Venecia), el bar del hotel Savoy (London, of course), el Ritz de Boston, el restaurante La Dôme de Beverly Hills, y el bar del hotel Waldorf Asoria (N.Y), donde el barman que me lo sirvió me dijo: “Así le gustaba a Lucky Luciano, el gran jefe de la Mafia”. Y si de nostalgia se trata, recale usted en el Brown del Down Town Los Ángeles, y pregunte por el rincón en que agotaba sus D.M Humprey Bogart… Un feligrés de la cofradía Made in USA que tuvo otros abanderados de La Bala de Plata: Richard Nixon, Frank Sinatra, Dean Martin, Truman Capote… Acaso usted quiera preguntarme por el vodka martini, que hizo célebre Sean Connery como James Bond. Soy tajante: no me gusta. Fue un invento de cierta marca que aportó una pila de dólares en esas películas, pero no es un real D.M. Y ahora, ya agonizando esta nota por las consabidas razones de espacio, me atrevo (por si usted es un novato o un aspirante al culto del D.M) a confesarle mi receta tal y como la preparo en el bar de mi casa, llamado Gualberto. Por cierto, y como Buñuel, y con anticipación, hielo las copas y el gin (no la coctelera), echo en ella tres o cuatro cubos bien duros, y me manejo con las mismas proporciones que usaba Gallo (Gallito), el maravilloso barman del hotel Claridge de Buenos Aires: seis partes de gin por una de vermú, agitar 30 segundos con una larga cuchara ad hoc, y servir con una aceituna bien lavada (que la sal no contamine la sagrada mezcla). Advertencia: una aceituna; más, me parece algo un tanto grasulín… Medida civilizada para evitar papelones o torpes balbuceos de borrachín: dos D.M, y punto. Jamás traicionarlo con un champagne inicial típico de los vernisages publicitarios, empresarios, de prensa and Co. El D.M solo admite, muchos después, un buen vino con el posible yantar siguiente. Desde luego, prefiero el Beefeater o el Tanqueray al Bombay, algo perfumado, pero no es pecado mortal optar por su celeste botella. El D.M no acepta herejías, pero tolera, razonablemente democrático, una que otra manía y/o preferencia. Gracias por su atención. Son las siete de la tarde: hora de mi D.M. Hasta pronto.

Posdata: La bala de plata era el único proyectil capaz de matar a los hombres-lobo (licantropía). Un Dry Martini bien hecho y tomado en tiempo y forma puede matar al hombre-lobo que todos llevamos adentro...

Por Alfredo Serra

 

ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios