St. Barts - Hôtel Le Toiny
Glamour ecológico

El jet set internacional se ha enamorado de St. Barts, los yates se alinean en el pequeño puerto de Gustavia y casas de ensueño se incrustan en sus colinas. En el extremo mejor guardado de la isla, minúsculo y exclusivo, el Hôtel Le Toiny, con vistas fabulosas del océano, pero bien oculto de los ojos indiscretos, ofrece una opción ecológica al retiro caribeño.



C onocido como el discreto patio de recreo de los ricos y famosos, St. Barts no implica tanto grandes tours o aventuras, como el hecho mismo de alejarse y dejar el mundo atrás. En esta isla diminuta, de apenas 25 kilómetros cuadrados, enclave por excelencia del
turismo de alta gama en el mar Caribe, lo elevado del nivel de vida asegura a sus exclusivos visitantes una reserva difícil de encontrar en el abigarramiento de otras playas. Es aquí donde las celebridades, cuya mayor maldición estriba en la pérdida de la esfera privada pueden caminar por las calles, mirando las vidrieras de sus suntuosas tiendas sin temor a que, al ser reconocidos, generen alguna reacción que exceda el más mínimo de los parpadeos.
La capital de esta colectividad francesa de ultramar, el rincón más europeo de las Américas, lleva en su propio nombre, Gustavia, las marcas de un pasado cosmopolita, en el cual fue puerto libre de la Corona sueca, intercambiada a Francia por derechos portuarios en el Báltico y bautizada en honor de su rey, Gustav III. La isla volvió a ser territorio francés luego de un referéndum, a finales del siglo XIX, pero todavía pueden verse, encima de los lujosos escaparates de la ciudad, los antiguos nombres suecos de sus calles convivir con las modernas denominaciones francesas. Los verdaderos descubridores de su potencial turístico fueron, sin embargo, los norteamericanos. David Rockefeller fue el primero en caer bajo el hechizo de este rincón alejado de las rutas marítimas, comprando aquí dos terrenos para edificar una villa de descanso; otros lo seguirían y, al día de hoy, St. Barts lucha por no ser descubierto del todo y permanecer tan natural, pacífico y desconocido como en el primer momento en que aquel excéntrico millonario creyera haber encontrado aquí un paraíso perdido.
En las entradas a cada playa, los turistas tienen a su disposición latas vacías de gaseosas para ser usadas como ceniceros y para recordarnos que la isla, donde el agua es tan clara que pueden verse los peces desde la superficie, es hermosa y quiere permanecer así; porque St. Barts es rica por su naturaleza, por sus arrecifes coralinos, por sus playas, su fauna y su flora tan variadas. Y si bien son apreciados el ambiente francés, la hospitalidad, la cocina refinada y las ocasiones de duty free shopping, la principal atracción continúa siendo el medio ambiente. La cultura de la preservación de la naturaleza no ha sido jamás tan fuerte como hoy en día, que el desarrollo de la humanidad está probando los límites de la biosfera; en el caso de St. Barts, una micro-sociedad de apenas ocho mil habitantes, inclinada hacia la protección de la armonía entre el hombre y su entorno.

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La sensación de paz que nos arroba al llegar al hotel, bajo la sombra fresca de su terraza, es abrumadora, tanto como la vista magnífica sobre la cercana bahía. “Allí delante se encuentra el Punto Toiny, no me preguntes por qué se llama así, nadie lo sabe, su origen se remonta hasta los tiempos de la primera colonización francesa. Es ahí donde se encuentran las aguas del Océano Atlántico con las del Mar Caribe, por eso es que podemos disfrutar ahora de esta brisa”, cuenta, mientras nos alcanza un vaso con agua burbujeante de Noruega, la amabilísima Dagmar Lombard, gerente del lugar junto con su marido Guy. Situado en la Côte Sauvage, una zona de la isla que está todavía sin desarrollar, el paisaje alrededor del Hôtel Le Toiny, 38 acres de su propiedad, mantiene en perfecto estado de conservación su vegetación natural, incluyendo los raros árboles Gaïac, originarios de la isla. “No hay nada de qué avergonzarse en una vida sin desperdicios, poniendo a la par la comodidad con la inteligencia”, se enorgullece Dagmar. “En versión grand confort, un bungalow de lujo bien concebido, tal como los nuestros, puede asegurar un 50 por ciento de su autonomía en energía”, un bello argumento de promoción y una imagen de marca por demás simpática. En 2008, el Serenity Spa Cottage se añadió al hotel. Un respiro delicioso para el cuidado del cuerpo, el spa cuenta con una línea exquisita de productos locales llamados Ligne de St. Barth, que se compone de aceites exóticos y fragancias del Caribe, incluyendo extractos de piña, papaya, melón, maracuyá y mango.  
Mucho antes de su llegada a St. Barts en 2006, Dagmar y Guy Lombard habían conducido un experimento exitoso en el Kasbah Tamadot de los Montes Atlas, en Marruecos, donde habían plantado una huerta de dos acres, allí cultivaban productos locales de acuerdo con los principios de la agricultura biológica, utilizando todo lo que cosechaban en el restaurante de su hotel. “La tierra es nuestra madre abastecedora, cualquiera sea el lugar en el mundo”, declara Guy, “y era lógico reproducir esta experiencia en St. Barts”. El suelo es enriquecido con biocomponentes, mientras que las hierbas aromáticas actúan como pesticidas naturales. El agua de lluvia es recolectada y reciclada en el sistema de riego por goteo. El resultado: tomates de colección, pepinos, pimientos, berenjenas, calabacines, lechugas, morrones, rábanos, melones, ananás, albahaca, citronelle, tomillo, eneldo, perejil, menta, salvia… Todo fruto de la huerta va a parar a la mesa selecta del restaurante del hotel, Le Gaïac, cuyo renombre brilla alto en la cultura gourmet. “Muchos de nuestros clientes son primero atraídos por la fama de nuestra cocina”, sonríe Dagmar.
Autor de carpaccios verdaderamente gloriosos, Stéphane Mazières, confirmado en noviembre de 2009 como Grand Chef Relais & Châteaux, nos habla de la nobleza de una cocina selectiva y respetuosa del medio ambiente. “He escogido utilizar únicamente productos locales. Tenemos la oportunidad de poseerlos originalmente en la isla y aún más ahora, que los producimos en los invernaderos que disponemos en el hotel. Es un verdadero placer atesorar estos productos en el menú del restaurante, para hacerlos descubrir a nuestros clientes, marcar sus paletas de sabores y texturas diferentes.”
Creado por el arquitecto Claude Pitoors, con un diseño fuertemente influenciado por las casas de hacienda de los franceses del Caribe, Hôtel Le Toiny abrió sus puertas en 1992 y obtuvo una fama involuntaria en 1995, cuando los siempre insidiosos paparazzi lograron registrar con sus poderosos teleobjetivos a Brad Pitt y Gwyneth Paltrow desnudos en una de las suites. “Nuestros clientes no vienen a buscar diversión y salidas nocturnas aquí, los atrae la posibilidad de relajarse lejos de ojos indiscretos y en un ambiente altamente personalizado. Sólo tenemos 15 suites en el hotel, todas con piscina privada”, asevera Dagmar. Privacidad y exclusividad se han mantenido como las características definitorias de Le Toiny desde su apertura. Todas las habitaciones están rodeadas de exuberante vegetación, ostentan una vista fabulosa sobre la bahía y disfrutan de su propia entrada independiente, con una bandera roja que avisa “no molestar". Es este énfasis en el aislamiento el que sigue atrayendo a los ricos y famosos hasta aquí, y también, claro, a incontables parejas de luna de miel.

Por Goyo Anchou. Fotos: gentileza Hôtel Le Toiny.

GPS
Dirección: 97133 Saint-Barthélemy
Distancias: a 30 km. del aeropuerto de Princess Juliana, situado en St. Martin.
Cómo llegar: por aire desde St. Martin, Antigua o Guadalupe. El avión que parte desde el aeropuerto de St. Martin demora 10 minutos en aterrizar en la isla. Por agua, a través de un ferry, el Great Bay Express. El hotel se encarga de coordinar con los pasajeros para el momento del arribo haya un chofer esperando para su traslado.
Web: www.letoiny.com
E-mail: reservations@letoiny.com
Tel: 590 590278888


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios