St. Martin - The Westin Dawn Beach Resort & Spa
Reina de dos Coronas

Concebido como un centro vacacional autónomo, este faraónico complejo de 310 cuartos, con la piscina sin bordes de mayor tamaño en la isla, puede ser el punto de partida de una experiencia fascinante.



E l taxista que me conduce desde el aeropuerto hacia el hotel dice: “Esta isla es el paraíso, no tenemos grandes problemas aquí, los problemas grandes son para los países grandes. Mire…”, y señala la estrecha ruta que atraviesa los montes de vegetación
exuberante. “No existen autopistas: un lado de la ruta es para ir y el otro para venir”. Quizás, el territorio de soberanía compartida más pequeño del mundo, Saint-Martin o Sint Maarten –depende del lado de la isla en que uno se encuentre–, ha sido ejemplo de convivencia entre las naciones desde que Francia y Holanda firmaron el Tratado de Concordia, en el siglo XVII. No siempre pacífica, la relación entre ambas partes se estabilizó luego de las escaramuzas contemporáneas a la conquista napoleónica, cuando sus vecinos se despertaron una mañana perteneciendo a coronas rivales. La armonía ha reinado desde entonces entre el Norte y Sur de la isla, olvidadas las viejas rencillas y generado así el mote con el que es conocida en el mundo: “la isla de la amistad”. Hoy en día, el límite entre ambas partes es apenas un mojón que el taxista me señala al dejarlo atrás en la ruta.
Ubicado cerca del límite entre ambas mitades, sobre playas de arena blanca y aguas color esmeralda, The Westin Dawn Beach Resort parece el lugar perfecto para relajarse. Apenas ingreso en el hotel siento el ánimo levantado por un diseño ambiental dirigido especialmente a tal efecto, con una combinación de estímulos que incluyen el aroma de té blanco y la iluminación ambiente. Un microcosmos en sí mismo, el Westin posee dentro de su recinto muchos de los atractivos factibles de encontrar en la isla; sin ir más lejos, a solo unos pasos de distancia del lobby, un suntuoso casino estilo Las Vegas me espera para probar la suerte en los dados, las mesas de black jack o las máquinas tragamonedas. No tengo necesidad de salir para disfrutar de una buena comida, el hotel cuenta con dos restaurantes frente al mar, uno de ellos dedicado a la haute cuisine; también hay un bar junto a la piscina, joyería, tienda de ropa y gimnasio; y si todo esto no bastara, un servicio de alquiler de automóviles está a mi disposición para salir a recorrer la isla. Dispuesto a extraer a cada segundo que pase en St. Martin la mayor cantidad de vivencias, no vacilo y salgo a dar vueltas.

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De las 37 playas que posee St. Martin, la más agitada se encuentra del lado francés y está muy cerca del hotel. Es la famosa Orient Beach: de un lado dedicada al nudismo y del otro colmada de sofisticados bares. El Taï Club es un buen ejemplo de esto: un piano bar a dos tonos, blanco y negro, pero con una dominante blanca. Este esquema de color es una referencia musical al cool jazz y también un juego armónico perfectamente gráfico, en el cual la elegancia del negro intensifica la pureza del blanco, para crear una impresión “retro chic”.
Cruzo hasta el lado noroccidental y llego al pueblo de Grand Case, autodenominada capital gastronómica del Caribe, donde cualquiera de las propuestas es recomendable. Como verdadero gourmand, opto por la opción que incluye la original cocina creole, solo dable de descubrir aquí. En Le Ti Coin Creole, un minúsculo restaurante de ocho mesas, pruebo el besugo fresco relleno de carne de cangrejos, acompañado de frutas tropicales rehogadas en caramelo, y tengo el honor de intercambiar pensamientos existenciales con su chef, mientras me explica la manera correcta de desespinarlo.
Siguiendo la ruta costera, desde Grand Case hacia el sur, me topo con Marigot, la capital francesa. Aquí hago bien en estacionar el auto y escalar hasta la cima del Fort Louis, el mejor conservado desde la época en que servía para mantener a distancia a los corsarios, y me retrotraigo a los libros de aventuras que leía en mi infancia, con una vista de la ciudad digna del pirata Morgan.
En Philipsburg, la capital holandesa, deambulo por la golden mile, la concentración de joyerías más despampanante del hemisferio, y ahí tropiezo también con tiendas dedicadas a cámaras de última tecnología y ropa de diseño; porque si hay algo que se puede hacer en St. Martin, edén del duty free, es comprar y comprar y comprar hasta pasada la medianoche. Una curiosidad de la parte holandesa: sus tiendas cierran en pleno horario de discotecas.
Una buena manera de comenzar el periplo por Maho Bay, enclave de la vida nocturna, es un trago en el Sunset Beach Bar, ubicado al final de la pista de aterrizaje del aeropuerto Princess Juliana. Para quedarse sin aliento cada vez que los aviones pasan a tan pocos metros de nuestras cabezas –a propósito: un brindis por la nueva frecuencia de la aerolínea Copa, que una Panamá/St. Martin sin escalas­–. Pineapple Pete está muy cerca y es el mejor lugar para ver shows de música latina, además de uno de los restaurantes más populares de la zona, pero después de un mojito sigo de largo, ya que cierra demasiado temprano. En la planta superior del Casino Royale, que cuenta con mesas de ruleta, dados, black jack, baccarat y póker, localizo la discoteca Tantra, con su exclusivo Opium Room, un sector V.I.P. donde, si quisiera, podría acceder a un humidor de cigarros y otros pertrechos típicos de un club de clase mundial. Pero el sitio donde finalmente me quedo es en el Bliss Club, con pista sobre el Mar Caribe, palmeras, gente hermosa y hasta un espejo de agua; definitivamente, el sitio para ver y ser visto, para dejarse llevar por la música, el ambiente y alcanzar bailando las estrellas.

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El día después es para tomárselo con calma: luego de un almuerzo revitalizador, rico en antioxidantes, especialmente creado por médicos y nutricionistas para cultivar la “sinergia de los alimentos”, utilizo los servicios de spa en la habitación, con flores, música, aceites de aromaterapia y un rejuvenecimiento corporal personalizado. Así renovado, me dispongo a disfrutar de un ritual que se repite cada noche, cuando el solarium de la inmensa piscina-pórtico resplandece, invitando a los huéspedes a que se reúnan para disfrutar experiencias al anochecer, donde la mente y el cuerpo rejuvenecen con las emanaciones del agua perfumada y las degustaciones de comidas y bebidas. Y es que el Westin tiene la capacidad peculiar de incitar a sus huéspedes a la vida social; sus grandes, cómodos y expansivos espacios de reunión estimulan el cultivo de las relaciones públicas de la misma manera que las antiguas catedrales predisponían a la meditación. “Nunca hubiera creído que fuera construido hace cuatro años”, exclama sorprendida una muchacha que toma un margarita junto a la piscina, cuando le comento la edad del edificio. “Hubiera jurado haberlo visto en un capítulo viejo de Los Ángeles de Charlie, ¡o alguna otra de esas series sofisticadas de los años setenta!”.

Por Goyo Anchour. Fotos: Nicolás Levín y gentileza Mantra Resort Spa & Casino.

GPS
Dirección: 1144 Oyster Pont Road, St Maarten
Distancias: a 16 km. de Orient Beach y a 30 km del aeropuerto Princess Juliana.
Cómo llegar: desde el aeropuerto, girar a la derecha y tomar el camino hacia Phillipsburg, continuando por la autovía, la señalización le indicará cómo llegar a Dawn Beach.
E-mail: reservations_231@colombiasussex.com
Tel: +599 543 6700


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios