Brasil - Amazonas - Amazonas Ecopark Jungle Lodge
Jardín primitivo

Un hotel en el corazón de la selva amazónica, una travesía por las venas del refugio verde más grande del planeta. aquí una dosis naturaleza en estado puro.


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ueve veintisiete AM. Un reloj digital ubicado en la puerta del hotel Tropical Manaus anuncia lo que nuestro cuerpo ya sabe: 29.4º C. Las altas temperaturas son una constante durante todo el año, no importa si es de noche o de día. Más alto aun es el

índice de humedad, que torna el aire agobiante. Por su cercanía a la línea del Ecuador, el clima del lugar es un factor determinante en el biorritmo de cada elemento. Afuera, sobre las oscuras aguas que bañan la costa del hotel, un barco de doble cubierta está listo para zarpar al corazón de la jungla.

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El encuentro del río Negro en su confluencia con el río Solimões (así es como se lo denomina al río Amazonas en este tramo de Brasil) es lo primero que despierta nuestro asombro a unos cuantos minutos de la partida del puerto de Manaos, capital del estado y la puerta grande del Amazonas en la región norte. Las diferencias en la temperatura, velocidad y densidad de ambas aguas hacen que durante unos seis kilómetros, aproximadamente, las cámaras y las retinas capten la convivencia de estos dos ríos que corren en paralelo sin mezclarse, como el agua y el aceite.

El sol es abrasador y el aire se percibe caliente y húmedo, aunque a bordo de la embarcación corre una brisa suave y liberadora. Ayudan las caipiriñas que el barman convida durante el trayecto. Ocasionalmente se cruzan piraguas con nativos saludando. El resto del viaje es cielo, selva y río; el río más largo, el más caudaloso y el que posee la cuenca de mayor superficie del planeta: el Amazonas. Aquí se entiende el significado de la palabra “manaus” para los Manaós (una tribu indígena): “madre de Dios”. Eso mismo o algo similar habrá pensado el explorador español Francisco de Orellana cuando allá por 1541 se convirtió en el primer expedicionario en completar el curso de estas aguas. Claro que por entonces ni la ciudad ni el río se llamaban así. Entre algunas de las explicaciones que intentan dar cuenta del origen de su nombre, se dice que fue Orellana quien acuñó el vocablo tras enfrentarse con una etnia local (probablemente la familia Tupi) en la que hombres y mujeres se resistían por igual el avance de la conquista. Así, dicen, dejó de ser el Santa María de la Mar Dulce o el Marañón –entre tantos otros títulos– para llamarse Río de las Amazonas. Son 6.900 kilómetros de agua los que viborean esta jungla espesa, y numerosas las comunidades indígenas que abre- van en sus márgenes. Desde el punto de vista cultural, la selva amazónica es una de las regiones más diversas del planeta. Para finales del siglo XX, se estima que había unas 300 lenguas entre todos sus pueblos autóctonos.

El río Amazonas nace en los Andes de Perú, más precisamente en las faldas del Nevado Quehuisha –en el departamento de Arequipa–, a 5.170 metros de altitud, y atraviesa las geografías de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guayana Francesa, Surinan, Guyana y Venezuela, hasta su desembocadura en el océano Atlántico. Su caudal es inconmensurable. El Amazonas, cuenta uno de los tripulantes, transporta más agua que los ríos Mississippi, Nilo y Yangtze juntos; y es el abastecedor de la quinta parte del agua dulce que se incorpora a los océanos desde los siete continentes. Nueve países en total gozan de las bondades de sus aguas y de la conformación de la extraordinaria selva amazónica, que se extiende en unos seis millones de kilómetros cuadrados, de los cuales más del 50 por ciento corresponden a Brasil. El planeta entero celebra su existencia.

Cuando las aguas finalmente logran ser una, homogénea y uniforme, aparecen a babor y estribor los lomos rozados de los delfines de río.

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Ante nuestros ojos, la pequeña playa de una isla y un amasijo de árboles verdes, lianas y arbustos conforman el marco de la que será nuestra residencia más exótica: Amazon Ecopark Jungle Lodge, un hotel que no ostenta 5 estrellas pero sí es un verdadero lujo dada su ubicación, servicio y las actividades que pueden realizarse allí.

Tan pronto como nos registramos, develamos el gran misterio de cómo es hospedarse en las entrañas de la selva, esa misma selva que llevó al director alemán Werner Herzog a montar in situ el set de rodaje de su quijotesco film, Fitzcarraldo (1982), con todos los obstáculos que esto supuso. Este bosque ecuatorial tiene un magnetismo innegable, un encanto hipnótico que se da a partir de su morfología y las especies que la habitan: árboles gigantescos; innumerables tipos de plantas aun sin clasificar; mamíferos grandes, entre los que se cuentan jaguares, pumas, tapires y venados; miles de aves, reptiles y millones de insectos alimentados por una arraigada mitología amazónica. Mucho de todo esto se puede ver desde los decks y las ventanas de los departamentos.

A la hora del desayuno, suelen decir presente guacamayos multicolores y monos tití. Hay que estar bien atentos con estos últimos porque son capaces de llevarse todo lo que esté a la vista con una ligereza asombrosa. Mapas, latas de gaseosas, tostadas y hasta una taza de café con leche.

En total, hay 20 bungalós construidos en medio de la vegetación y todos disponen de confortables habitaciones con aire acondicionado. La decoración es muy cálida, con importantes detalles en madera y flores endémicas que aportan color a los ambientes. Pero la selva está afuera. Un poco más allá de donde cuelgan las hamacas, a escasos metros del deck ubicado frente a la piscina de agua natural. En el módulo central de este complejo, muy cerca de la recepción, se encuentra el restaurante, con una amplia variedad de propuestas gastronómicas y una vista panorámica de 360 grados. Aquí, la sobremesa es un llamamiento a la abstracción y la complacencia.

Por la tarde –siempre en compañía de un guía– podemos abordar las canoas e ir a conocer las costumbres de una comunidad nativa, hombres y mujeres que no saben de ascensores, rascacielos o televisores.

Para cuando la luz del día se va apagando vale la pena apuntarse en una expedición por el río para disfrutar de la vida nocturna de este ecosistema en el que los caimanes son los grandes protagonistas. Durante el día, en cambio, podremos nadar cerca de los delfines que vimos antes desde el barco. Existe un gran número de leyendas y mitos en torno de este mamífero rosado, oriundo de la cuenca del Amazonas. Gracias a la creencia local que les atribuye poderes mágicos han sobrevivido durante siglos, aunque, en la actualidad, se encuentran en peligro de extinción debido a la polución y deforestación de su hábitat. Un peligro para todos los seres vivos, del que, lamentablemente, somos causa y efecto. Basta contemplar la exuberancia de la vegetación amazónica para comprender que el título de “pulmón verde del planeta” no es una simple metáfora. Este jardín primitivo es un refugio universal.

Al cabo de cuatro días, nuestra cámara de fotos atesora tucanes, monos, mariposas, caimanes, águilas, lianas, árboles ancestrales como salidos de una película de Tim Burton y algunas de esas hojas circulares que alcanzan más de un metro diámetro y florecen en el río. No vimos ninguna anaconda, pero con saber que este es su hábitat nos alcanza. El amanecer en el río, los sonidos que emiten las aves por la noche, el crujir de las hojas secas tras nuestros pasos por los senderos, el sol que se filtra entre las copas de los árboles, las aguas lodosas… Sin duda, éste será un viaje memorable.

Por Lorena Blázquez

TIPS
GPS: ubicado a orillas del río Taruma
Distancias: a 30 km. del aeropuerto de Manaos
Cómo llegar: el aeropuerto de Manaos se encuentra a 5 km. del puerto desde donde parte el barco del hotel que lo llevará hasta destino. El trayecto demora unos 30 minutos
Web: www.amazonecopark.com.br
E-mail: info@amazonecopark.com.br
Tel: (55 21) 25 47 77 42 o (55 92) 9146 05 94/95


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