Chile, Isla de Pascua - Hotel Explora
La isla de la fantasía

En el lugar más remoto del planeta, existe un legado ancestral tan rico como inquietante y una propuesta hotelera ideal para explorar todos sus misterios.


A

guas de un azul intenso abrazan su contorno, y a pocos minutos de aterrizar, por la ventanilla del avión, la superficie se descubre despareja, irregular, ondulante. En uno de los extremos, un cráter gigantesco se impone en la geografía como si se tratara del

impacto generado por un meteorito.

Apenas traspuesta la sala de arribos, el protocolo de los isleños se cumple a rajatabla: música sau sau, un collar de flores naturales y “iorana” para todos, el saludo de bienvenida. Una van dispuesta por el hotel Explora nos lleva a destino, ocho kilómetros hacia el sur. En esta oportunidad, la elección del alojamiento es el resultado de una búsqueda bien determinada: el deseo de vivir la isla. Esta cadena hotelera hace honor a su nombre y brinda una experiencia all inclusive que va más allá de una propuesta netamente hotelera.

Desde su diseño, a cargo del prestigioso arquitecto chileno José Cruz Ovalle, el hotel logra una química perfecta con el ambiente. Las comodidades de la habitación invitan al relax, y la vista es sumamente placentera. En el exterior, un poco más allá de donde están la piscina, el jacuzzi y el spa, se observa una deslumbrante paleta de colores. El mar juega una pulseada con el cielo por la preponderancia de los azules, y el sol juega a las escondidas con el volcán más cercano. De repente aparecen nubes, sobreviene una ligera lluvia y el arco iris. La escena se repite varias veces al día, producto de su clima subtropical. Imprescindible el calzado de trekking para este suelo, abrigo impermeable, ropa cómoda, gafas y protector solar. Si algo de todo esto olvidó incluirse en la valija, dentro del Explora, hay una tienda con indumentaria, accesorios y libros. En la mochila, la cantimplora que se nos obsequia al llegar y algunos snacks para el camino.

El hotel cuenta con un equipo de guías turísticos –en su mayoría originarios de la isla– dispuestos a acompañarnos en esta maravillosa expedición y a transmitirnos las leyendas que hace siglos desparrama el viento de la isla.

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Te Pito O Te Henua” –algo así como “el ombligo del mundo”– es el nombre que los originarios dieron –y dan– a esta porción del planeta, aunque el mundo entero se empeñe en llamarla Isla de Pascua o Rapa Nui. ¿La explicación? Simple. Tiene que ver con el descubrimiento de la isla por parte de la cultura occidental. En 1722, la llegada del navegante holandés Jacob Roggeveen coincidió con la festividad religiosa cristiana, y por tal, la bautizó Isla de Pascua. Cincuenta y dos años más tarde, el británico James Cook hizo lo propio y le dio el nombre de Rapa Nui, que en lengua tahitiana significa “isla grande”. Ya en los informes de esas expediciones quedaba explícito el estupor que despertaba en estos hombres la presencia de esas estatuas de piedra que le confirieron a la isla una identidad única. Una primera caminata por los acantilados escarpados del sur y la llegada al ahuTongariki nos pone en tema.

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Según la tradición oral, hace unos 1.500 años, el primero en arribar a esta remota isla fue el akiri (rey) Hotu Matúa, que provenía de la isla Marae, en Hiva, huyendo junto con el pueblo maorí de un cataclismo en la lejana Polinesia. La playa de Anakena atestiguó el desembarco de estos hombres y mujeres y en poco tiempo desarrollaron una cultura de alta complejidad que aún hoy provoca nuestro asombro. Posteriormente, llegó una segunda inmigración de hombres provenientes de Tahití, de contextura más baja, con la costumbre de estirar los lóbulos de sus orejas, lo que les valió el apodo de “orejas largas”. Toda la isla estaba dividida en clanes, tribus y familias: unos y otros desarrollaron ingeniosas habilidades para dominar la naturaleza. Hicieron de la piedra volcánica su elemento.

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Solitaria y rodeada de océano, a 3600 kilómetros de la costa chilena, esta isla de forma triangular es el resultado de la sucesiva emergencia de tres volcanes: el Poike, el Terevaka y el Rano Kao, ubicados en cada uno de sus vértices, e inactivos desde hace unos 3000 años. Se trata del punto habitado más remoto del planeta, el límite Este de ese triángulo que forman las islas de la Polinesia, con Hawai en el extremo norte y Nueva Zelanda en el Oeste. Basta colocar su nombre en Google Earth para darse cuenta del abismo de agua que la separa del “conti”, como le dicen aquí al continente. Sin embargo, a pesar de esa distancia y de sus orígenes polinésicos, desde 1888, Chile ejerce su soberanía sobre esta isla.

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Seguimos recorriendo y la historia avanza. Hacia el siglo XII, la civilización atravesaba su período de auge más notable: poseían un sistema de escritura ideográfico único en toda la Polinesia: el rongo rongo –que aun hoy no ha sido descifrado por completo–. Había una clara división de actividades entre los habitantes de la isla que vivían de la agricultura y de la pesca; y eran cientos los moais afincados en toda la isla.

Estos gigantes realizados en piedra eran un tributo a los ancestros de las tribus. En estas estatuas de narices alargadas, labios apretados y ojos que oteaban el cielo descansaba el espíritu de sus predecesores, y desde allí protegían a sus tribus. Algunas llegaron a medir unos 20 metros de altura y a superar las 90 toneladas de peso, y todas, sin excepción, fueron talladas en la ladera del volcán Rano Raraku sin más herramientas que pedazos de roca. Sencillamente increíble. Como ocurre en Egipto con sus pirámides, aquí se suceden preguntas sin respuestas. ¿Cuántas personas debieron ser empleadas para la construcción de estas figuras? Y lo que resulta más incomprensible aún, ¿cómo hicieron estos hombres para trasladar estas moles desde la cantera del volcán hasta el ahu o plataforma sagrada donde debían ser colocadas? Si nos guiamos por la tradición oral, los moais caminaban erguidos a fuerza del mana que había en su interior. Ese mismo poder era el que atraía el pescado hacia sus costas y el mismo al que invocaban para la germinación de sus semillas.

En medio de tantos mitos y conjeturas, lo que es cierto es que hay cerca de 900 moais en toda la isla, y esas mismas preguntas siguen sin respuestas. Mientras nos detenemos frente a las 15 esculturas colocadas ordenadamente una al lado de la otra, y mientras sacamos esa foto que ya vimos un millón de veces, resulta imposible no reflexionar acerca del alto nivel de complejidad que llegaron a desarrollar.

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El bar del hotel es el lugar de confluencia en el que pasajeros llegados de todo el mundo intercambian experiencias y recomendaciones. Aperitivo de por medio, la agenda de actividades del día siguiente queda organizada. Y después de haber degustado las delicias del chef, un ritual imperdible con las danzas típicas de la isla: las chicas despliegan toda su sensualidad con suaves movimientos de cadera y los varones intimidan al ritmo de un baile que se asemeja al haka de los Old Blacks.

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Varios años después del apogeo, ya en el siglo XV, sobrevino un estallido social, producto de una crisis de superpoblación: había unos 20 mil habitantes en el mismo territorio en que hoy viven unos 3900 rapanuis.Por consiguiente, los recursos naturales no alcanzaban y las tribus comenzaron a matarse entre ellas –al punto de llegar al canibalismo– y en medio de tanta furia desatada se voltearon las estatuas de los clanes enemigos.

Cientos de años de enfrentamientos pasaron hasta que los sabios de cada tribu optaron por inventar la competencia anual del Hombre-Pájaro, por medio de la cual se elegía el gobierno de la isla. Este culto resultó de interés para Hollywood y, en 1994, un equipo supervisado por Kevin Costner en la producción montó el rodaje de Rapa Nui, el film del que participaron todos los habitantes de la isla. Y la película resultó un fuerte impulso turístico.

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La expedición al centro ceremonial de Orongo que nos proponen los guías de Explora, nos regala la postal natural más increíble de la isla: el cráter Rano Kao –ese mismo que nos maravilló desde el avión– con un kilómetro y medio de diámetro. Seguimos camino y entre pastizales, el paisaje nos permite contemplar desde la altura, la única aldea de la isla: Hanga Roa.

Más allá de los moais que forman parte de su ADN cultural, “Te pito O Te Henua” posee un paisaje arrasador que reúne acantilados, volcanes, cráteres y playas de aguas cristalinas como Anakena y Ohave. Aquí, el lujo pasa por disfrutar de una naturaleza que emociona. En el pasado mes de julio, la isla se convirtió en un privilegiado escenario para la vivencia de una experiencia maravillosa: un eclipse total de sol.

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Antes de partir hacia el aeropuerto, retomamos el protocolo de la isla y Silvio Bernasconi, gerente del hotel, me obsequia un collar de caracoles que, según dicen, guarda la energía suficiente como para regresar algún día. Ojalá.-

Por Lorena Blázquez

TIPS
GPS: Te Miro Oone s/n , Rapa Nui
Distancias: a 15 minutos del aeropuerto de Mataveri y a 8 km de la ciudad Hanga Roa.
Cómo llegar: desde Santiago de Chile o Tahití (Papeete), en un vuelo que dura aproximadamente 5 hs. Desde el aeropuerto Mataveri de Isla de Pascua, el personal del hotel lo trasladará a Explora. El trayecto, tanto de ida como de vuelta, está planificado en función de los vuelos de los pasajeros.
Web: www.explora.com
E-mail: reserve@explora.com
Tel: (56 22) 06 60 60


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios