Brasil, Río de Janeiro - Copacabana Palace
Ciudad de Dios

En el destino turístico más visitado del hemisferio sur, el hotel que le dio entidad a Copacabana a lo largo de casi un siglo sigue siendo una fibra mística del corazón carioca. Ángeles y demonios en la ciudad de Cristo.



C opacabana. Diez, once de la noche. El mar se repliega allá en el fondo y las lámparas de mercurio suspendidas sobre esta rambla proyectan contra la arena una textura casi lunar. Estamos a metros de uno de esos puestitos de aluminio que en diez minutos
cubren las mesas con caipiriñas y frutos de estas aguas y de esta rabiosa vegetación lindante. Sillas amarillas, radio de fondo. Un concurrido equipo de filmación apunta el lente hacia el otro lado de la calle. Micrófono en mano, un periodista noruego que no sueña estos calores habla y señala hacia sus espaldas la fachada iluminada del Copacabana Palace, un edificio acostumbrado a las cámaras, que posa impertérrito como pieza de marfil.
En gran medida, si Copacabana es uno de los distritos más célebres de Río de Janeiro se lo debe al legendario hotel homónimo de la Avenida Atlántica; una construcción de esplendor mediterráneo que alguna vez supo habitar en soledad frente al mar, rodeada de playas, morros boscosos y ecos de océano. La línea costera de Copacabana permanecía casi virgen en 1923, cuando el presidente Epitácio Pessoa le encargó al hotelero Otavio Gunile el desarrollo de un plan fabuloso, hoy conocido como Copacabana Palace.
El estilo del edificio pergeñado por el arquitecto José Gire emula a dos joyas hoteleras de la Costa Azul, el Negresco, en Niza; y el Carlton, en Cannes. Impronta y glamour europeos. Desde su inauguración, el hotel adoptó la política de promover eventos socioculturales de alto perfil e impacto mediático, como la noche de bautismo del Salón Dorado, en 1930, celebrada con un espectáculo cuyo bestiario de próceres musicales incluyó a Dionne Warwick, Ella Fitzgerald, Marlene Dietrich, Josephine Baker, Ray Charles y Nat King Cole. Este tipo de tributos a los pergaminos culturales del barrio hicieron de la rambla de Copacabana una de las más televisadas y calientes del planeta.
El Copacabana Palace es un clásico de clásicos, es Bogart y es Casablanca; una luminaria  hotelera que dio color a las marquesinas de la primera mitad del siglo pasado. Su “hall de la fama” podría llegar desde aquí hasta Ipanema; desde Orson Welles hasta Mick Jagger; desde Nelson Mandela hasta la Princesa Diana. La mayoría de las figuras más emblemáticas del siglo XX se hospedaron alguna vez en estos cuartos de alfombras persas y vistas amplias al mar. El cine originario, incluso, se sirvió del hotel en 1933, cuando el film Fly Down to Rio lo utilizó de fondo para la cita en la que Fred Astaire y Ginger Rogers bailaron juntos por primera vez.

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Tengan la suerte de estar hospedados acá un sábado, día que el Pergula (elegante restaurante del hotel) elabora la mejor feijoada de la ciudad; un plato típico de Brasil, con frijoles negros, carne de cerdo en salazón, arroz y farofa (harina de mandioca). Las alternativas del buffet son tantas y tan sabrosas que hay que tomárselo con calma y alguna cerveza bien fría. El domingo es día de brunch, otra expedición a las fauces del regodeo culinario. El Copacabana Palace y la gula se llevan mal, muy mal. O magníficamente bien, depende de la mirada y el apetito. Cipriani, franquicia de la mejor cocina italiana de Río de Janeiro, y tal vez del mundo, es la otra opción gastronómica dentro del hotel, un fastuoso salón rococó de grandes ventanales hacia la piscina.
El clima interno es familiar. Las 243 habitaciones, la magnitud de los salones y sus pisos de mármol, la grandilocuencia palaciega no consiguen atenuar la sensación de estar en una casa, invitado por un amigo. Casa de vacaciones y fiestas.
Si este edificio tuviera manos, seguramente sostendría una copa de Martini.

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Desde las pacíficas y anchas playas de Barra da Tijuca (estación de surfers, edificios modernos y shoppings), la fotogénica ciudad de Río de Janeiro se desparrama entre uno de los bosques urbanos más grandes del mundo (Parque Nacional da Tijuca), cerros que parecen terminales nerviosas de la ciencia ficción (Pedra da Gávea, Dois Irmãos, Pão de Açúcar) y una línea costera de arena blanca, palmeras y agua azul; la postal que el Cristo del Corcovado nunca se va a cansar de contemplar.
En Río se duerme poco y se baila mucho. Es la segunda capital del carnaval, después de Salvador, y será la próxima sede del Mundial de Fútbol de 2014 y de los Juegos Olímpicos de 2016. Hay restaurantes 24 horas, bares, conciertos, cines y una industria del turismo híper desarrollada. Río es también, y sobre todo, uno de los tesoros culturales más ricos de América latina, un monumento natural a la diversidad de razas, creencias y realidades.
Está construida en una zona poco propicia para el desplazamiento de una metrópolis, lo que la convierte al mismo tiempo en un lugar fascinante, acordonado por el océano y estos increíbles cerros verdes que emergen como criaturas colosales. “Ciudad Maravillosa” le dicen. Cinematográfica y cinematografiada como toda gran capital del planeta, el equilibrio entre naturaleza exuberante, modernidad y sofisticación urbana es por momentos notable.
Nómades de las más diversas cepas ­-aventureros, amantes o paracaidistas- encuentran acá lo que vienen a buscar. Río tiene el talento. Río tiene el don de complacer las apetencias emocionales de sus peregrinos, no importa qué tan dispares sean. Ninguna ciudad se le parece. En nada. Ninguna tan funcional al alma errática del forastero. Todo se mezcla un poco acá: la caipiriña y la cena, el desayuno y la cerveza, la gente y las horas… Y Río siempre lo logra: uno se siente merecidamente lejos de casa y con la secreta euforia de un egresado.
Río es una ciudad al natural, de havaianas y biquinis, con aliento a mar, cosmopolita por excelencia. Posee el mayor tráfico de turismo internacional de Brasil y de todo el hemisferio sur (2,82 millones de visitantes al año). Río es esa mujer a la que todo le queda bien y todos miran. Río baila. Río reza. Río no duerme.

Siempre podremos echarle la culpa a Río.  

Por Damián Richarte. Fotos: gentileza Copacabana Palace.

GPS
Dirección: Avenida Atlántica 1702, Río de Janeiro
Distancias: a 10 km. del aeropuerto nacional Santos Dumont y a  22 km. del aeropuerto internacional Tom Jobim, de Río de Janeiro.
Cómo llegar: desde el aeropuerto internacional tomar la ruta Linha Vermelha, luego la avenida Praia do  Flamengo  y por último, el camino que recorre la famosa playa Copacabana, que tiene el nombre de Avenida Atlántica.
Web: www.copacabanapalace.com.br
E-mail: reservas@copacabanapalace.com.br
Tel: (+5521) 2548.7070


ROOMIN Nº15

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