ROOM-IN
Índole definitiva de lo provisorio


La mesa recletea porque la pampa no viene toda chata sino con desniveles. Ponele un cartoncito doblado, dale.



L a índole definitiva de lo provisorio fue distraídamente desencadenada el 6 de julio de 1937 a las siete, siete y cuarto de la tarde, en la localidad bonaerense de Canónigo Gorritti por un J. Carlos Elortondo, farmacéutico del lugar.

En verdad, Elortondo no era plenamente boticario sino practicante de farmacia, una especie de rapidito en un rubro, que presuponía por entonces dominar de taquito el linimento de Sloane, el know how de la carqueja, las alongaderas del abrótano macho, más la ciencia de las Pilules Orientales, pildoritas de apreciable acción recuperativa en los volúmenes del escote. Al completar el tratamiento, Pilule standard se aseguraba casi una expansión de cero dos o cero dos cinco centímetros en los contornos de la zona, un upgrading apreciable inclusive a simple vista. Así que bien; el personaje era hombre probo dedicado a incrementar el sex appeal local, circulando por el municipio en su Ford modelo A, 1934, con la pintura impecable en los tonos verde oliva con ribetes negros, original de fábrica.

“Un relós”, era su lacónica descripción del Ford A, en cuanto a su motor, el nuevo sistema de los cambios con embrague, la suspensión, los frenos, el chiclair de alta (esto no me consta) y demás componentes de tracción o trasmisión, todos posibles de entender a simple vista con solamente vichar sus mecanismos y ajustarlos cada tanto con unas pincitas.

Eso fue precisamente lo que ocurrió el mencionado 6 de julio cuando el motor del Ford produjo suspiro corto casi humano y luego dejó de funcionar justo frente, haciendo cruz, con la Sociedad Española de Socorros Mutuos. J. Carlos Elortondo dijo reparió, bajó del auto, levantó las tapas laterales del capó y miró profundo adentro.

Dentro de los impactos sensoriales registrados no fue tanto lo que vio sino el tufo a vaho de aceite que olfateó, entreverado con la polvareda de la ruta –huella todavía– que une Gorritti con Delfin Merlo. En ese tramo de la pampa chata y rala, de unos 30 km de extensión hacia el Norte, donde uno se cruzaba entonces con escaso paisanaje, no itinerante en cuatro por cuatro-todoterreno, sino jinete en pangaré bichoco; bocinando piaras de chanchitas negras en actitud gazmoña, predispuestas al concubinato, de ñanduces gambeteadores, culebrones arancibias, y otros bicheríos de la fauna al cuete. Pero cada uno con sus husmeos propios, más los residuales de la indiada yanquetruz vernacular todavía no aventados. Trastabilló pues Elortondo, y estornudó en paralelo, dando por total finiquitado el episodio susodicho de las miasmas.

Pasó ahora a las faenas del motor del Ford y los motivos de su sofoco eventual. Dos toqueteos lo informaron que era un corte del circuito eléctrico por fusión de un fusible. Lógico: para eso eran fusibles los fusibles.

Careciendo en el momento de un reemplazo, lo sustituyó de apuro con ese papel plateado que traían los cigarrillos Player’s ¿recordáis? Adecuadamente dobladito, su mínimo metal del packaging restableció el contacto y, con leve suspiro de retorno a la normalidad, el Ford A reasumió su arranque.

Con esa ocurrencia ingeniosa, el boticario pilules de Gorritti desencadenó sin darse cuenta una serie de episodios y vicisitudes que confirman la voluntad metafísica de perdurar, característica esencial de lo provisorio.

En su momento, el Ford A fue vendido a unos chacareros Schiapapietra, y estos a su vez lo traspasaron a un acopiador vinculado (consta en los trámites de la transferencia) a la firma Lanusse Hermanos. Trasmisiones de dominio que no modificaron la permanencia oculta no advertida de la falsa bujía Player. En poder de los Lanusse, la prosapia Gorritti del vehículo pierde el rastro de cesiones documentadas, y adquiere el leve glamour de las ancianidades gallardas no imponibles.

El cambiazo del fusible por el papel plateado dobladito de los Player’s cigarettes recién se produjo cuando el Ford A fue comprado en San Isidro por el coleccionista y restaurador de autos antiguos Bitito Mieres. Apenas aplicado a esta recuperación de autenticidades, la falsa bujía de papel plateado dobladito Player’s cigarettes quedó deschavada.

En las pampas nacionales somos todos duques, príncipes, de las cosas provisorias que por ahí se quedan para siempre. Sujetalo con un alambrecido, con ese piolín; pónganle Poxipol, tomá te presto un alfiler de gancho; usá una horquilla para el pelo (doblada, papanatas); emparchen el enchufe con un curitas, pónganle un pendorcho; métanle una chinche, dale, la cosa es llegar hasta octubre; pedí un crédito puente para zafar ahora, después no sé, ya se verá, nunca más, si te he visto no me acuerdo; un cartoncito doblado para que la mesa no tecletée; la oportunidad llama tres cuatro veces; después decretan una mora, dale. Vida radiante.

Por Miguel Brascó


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios