Frank Sinatra
El hombre que vivió a su manera


Se fue en Los Ángeles a los 82 años. Nació en un barrio bravo de Hoboken, Nueva Jersey. Pobre, flaco, huesudo, esmirriado (todo en contra), la vara del destino tocó su garganta y la convirtió en oro puro. Ganó millones, lo amaron las mujeres más bellas del mundo, tuvo su propio y escandaloso clan (The Rat Pack), pero solo fue realmente feliz sobre un escenario y frente a un micrófono.



S e sube al interminable Cadillac celeste. La abraza. Aprieta el acelerador y se mete en las anchas y dormidas calles del downtown de Los Ángeles. Son las tres de la mañana. Vuelve a abrazarla. Saca un Colt .38 corto y dispara. Una, dos, tres vidrieras se

derrumban, pulverizadas. Carga el tambor y vuelve a disparar. Uno, dos, tres semáforos se apagan. La abraza, la besa y la toca a través del vestido de seda negra. Frena para no matar a un noctámbulo. El noctámbulo lo increpa. Mala idea. El dueño del Cadillac celeste y del Colt .38 le pega un cross en la mandíbula con su huesuda mano izquierda. Media hora después está preso. Pero no le importa porque ella, la del vestido de seda negra, la que conoció ese mediodía del verano del ’48 en un set de Metro Goldwyn Mayer, es la mujer más linda del mundo. Y es de él. Es de él esa Ava Gardner que fuma tanto como él, toma tanto como él y grita en las corridas de toros tanto como él en el ringside del Madison. Son de él también esas manos huesudas que ahora se mira sentado en el camastro de la celda y que –antes y después– pegaron las fotografías de Bing Crosby en su pobretona pieza de Hoboken –barrio bravo de Nueva Jersey–, rompieron cámaras y caras de fotógrafos pesados como moscardones, pasearon por cuerpos bellos y célebres (Kim Novak, Laureen Bacall, Natalie Wood, Liz Taylor, Mia Farrow, ignotas partiquinas de Las Vegas y –dicen– Nancy Reagan). Esas manos huesudas que descorcharon miríadas de botellas de Jack Daniel’s, que palmearon los hombros de Bugsy Siegel, de Sam Giancana, de Lucky Luciano, de otros legendarios mafiosos. Esas manos que se quedaron quietas para siempre y empezaron a volverse cerúleas después de la medianoche del jueves 14 de mayo, cuando –ya cerrados los inmortales ojos azules– Francis Albert Sinatra, yerto en el hospital, vencido su corazón después de tres batallas, dictó sin saberlo (o sabiéndolo) el mejor título de su biografía, birlado de la película en que trazó su monumental Maggio –Óscar al Mejor Actor de Reparto–: De aquí a la eternidad.

LA NADA

Barrio de inmigrantes, estridente, pobre, sucio. Casa de ladrillos rojos ennegrecidos por el tiempo y el hollín. Padre: Antonio Martino Sinatra. Madre: Natalia Garavanti. Llegados del sur de Italia. Antonio, boxeador fracasado y bombero. Natalia, pelirroja auténtica, cantinera y comadrona. Natalia, que el 12 de septiembre de 1915 grita, se sofoca, vuelve a gritar, y lo último que ve antes de desmayarse son dos manos enguantadas y un fórceps. Llega al mundo y a duras penas Francis Albert. El fórceps le talla una herida en la cabeza. Pesa seis kilos. Está muerto o parece muerto. El médico –sin esperanza– lo deja a un costado y trata de salvar a Natalia. Pero la abuela Garavanti irrumpe en la escena, atrapa a Francis, lo hunde bajo un chorro de agua, le pega una casi brutal palmada, y el bebé condenado le escupe al planeta su primera y tal vez única nota desafinada. Crece. Es feo, gordo, y blanco de cuanta burla ronda ese sórdido barrio. Aprende –Antonio le enseña– a pegar donde más duele. Tanto aprende que, muchos años después, irritado por un amorío trunco y con más bourbon del tolerable, se lía a puñetazos con John Wayne, que le lleva medio metro y más de 30 kilos. Pero todavía es Hoboken, todavía vive en la calle Monroe, todavía vende diarios, todavía roba con su pandilla y hasta se jacta de su mejor botín: una bañera con canillas y todo.

EL ÍDOLO

Vida dura y oscura, sí. Pero cuando la luz de luna se filtra por los sucios vidrios, llega la revancha. Tirado en la cama oye a su ídolo y su dios –Bing Crosby– mientras recorre con sus ojos azules las paredes tapizadas con sus fotos. Más tarde lo imita a solas. Más tarde les dice a Antonio y a Natalia que quiere ser cantante. Antonio maldice: lo quiere boxeador. Natalia no. Se corre hasta el cantinón de la esquina y le consigue el primer trabajo: cantará, lavará copas y barrerá el piso por 15 dólares a la semana. Y allí está, parado sobre 10 tablones que no llegan a ser un escenario, iluminado por 10 lámparas de colores dudosos, imitando a Bing pero ya con algo de Sinatra: por lo menos la sonrisa seductora y la gran desfachatez. El cantinón se llena noche a noche. Los dueños dicen que es por la pasta al dente y la salsa putanesca. Francis –que ya empieza a ser Frank– jura que es por su versión de Cielos azules.

PRIMER AMOR

Los italianos Barbato no son mejores ni más pobres ni más ricos que los italianos Sinatra. Su hija –Nancy– es morena, tiene ya 16 y grandes pechos, y quiere ser secretaria. Frank anda por los 19 y la descubre en la misérrima playa vecina un día de casi 40 grados. Son del mismo barrio. Cuando ya no se ocultan, los Barbato trinan: Frank es para ellos la encarnación del vago. Resistencia inútil: cuatro años después se casan, y con el tiempo llegan Nancy y Frank junior. Pero también llegan el trompetista Harry James –Frank entra por 75 dólares a la semana– y el trombonista Tommy Dorsey –200 a la semana–. Tommy es un durísimo empresario: horarios suizos, de casa al trabajo y del trabajo a casa, ensayos matadores, nada de alcohol. Frank obedece una y desobedece 10. Tommy lo ama, lo necesita y lo odia. Lo ama porque nunca jamás encontró una voz capaz de sostenerle 16 compases y quedar con aire todavía. Lo necesita porque en cada gira su recaudación llega al tope y rompe el tope. Lo odia porque tiene alma de vago y porque medio Estados Unidos empieza a hablar mucho de él, de La Voz, apodo que un agente acuña para toda la vida, y mucho menos de Tommy Dorsey y su banda. Es 1940. Un año después, por si algo faltara, graba I’ll Never Smile Again. Ochocientas mil copias.

WAR!

Ahora es 1942, hay guerra, Pearl Harbor arde demolida por las bombas japonesas, hay miedo. Esos días de miedo le dictan a Tennessee Williams en El Zoo de cristal este poema en prosa: “Del otro lado de la calle estaba el salón de baile Paradise... Aquellos confiados muchachos bailaban al son de Querida, el mundo espera el amanecer. En realidad, el mundo esperaba los bombardeos”. Pero aquellos confiados muchachos tienen un ídolo y fotos del ídolo y discos del ídolo de los ojos azules. Que en ese 42 rompe con Dorsey
–anular ese contrato le cuesta una fortuna que no tiene; cuenta le leyenda que un jefe mafioso persuadió a Dorsey… con el caño de un revólver en la nuca –, y graba en RCA Victor su primer disco como solista, donde talla uno de sus himnos eternos: The Song Is You. Y así, solo, explota sobre el mundo como mil toneladas de fuegos artificiales. Llena el teatro Paramount y otros cien como el Paramount. Filma Higher and Higher para RKO. La RCA lo pierde a manos de Columbia: contrato hasta 1950. La Voz está en todas las radios, en la tierra y en los cielos.

LA HISTORIA NEGRA

La ecuación Sinatra-vida privada-prensa no se resuelve en pizarrón alguno. Ya absoluto number one, tiene más mujeres de las que puede soportar la moral media made in USA. Su matrimonio con Nancy es menos que un castillo de arena en un huracán, y sus correrías, el gran coto de caza de la prensa. Las manos huesudas rompen más de una cámara y tiñen de morado más de un ojo, sí. Pero no pueden impedir que el periodista Lee Mortimer publique algo peor que una cuestión de polleras: “Frank Sinatra viajó a La Habana para poner dos millones de dólares en las arcas del jefe mafioso Lucky Luciano”. Frank y la mafia. Una historia que lo perseguirá hasta el final. Una historia que, en su versión más sangrienta, inscriben mucho después Mario Puzo en su novela y Francis Ford Coppola en su saga El Padrino: el productor que le niega un papel a Frank y que aúlla en medio de la noche cuando descubre entre sus sábanas de seda la cabeza cortada de su mejor y más caro caballo de carrera. Frank y la mafia. Una historia que lo envuelve como un tornado y enturbia su carrera. Además, y de pronto, mientras los diarios machacan y machacan, La Voz pasa de moda. Menos discos y menos radio y menos teatro. Cada vez menos dólares, más alcohol, más escándalos. Su amigo (casi su hermano) Sammy Davis junior se topa con él en la calle 57 de Nueva York y mira para otro lado “para no humillarlo: tan mal estaba...”. Nancy ya es historia. Y a mediados de 1950 –listo para un recital que a precio modesto acepta la boîte Copacabana– enmudece frente al micrófono antes de la primera nota. Una cuerda vocal quebrada le escribe RIP.

POR LA VUELTA

Es everything and nothing. Un célebre sin celebridad, un rico sin riqueza. El público lo sepulta al triste puesto 22 del ranking de ventas de discos. Lo negará siempre, pero dos veces, en la soledad de un hotel casi barato, trata de matarse: pastillas primero, venas cortadas después. Ya se fueron Nancy, agotada, y Ava, la mujer que más amó. En esa sordina y esa tiniebla lee De aquí a la eternidad y descubre y se enamora de Maggio, un ignoto soldado que termina muerto a golpes por una patrulla de la policía militar. Historias blancas cuentan que voló a Hollywood y se puso de rodillas para conseguir el papel. Historias negras cuentan que consiguió el papel, porque la mafia le puso un cuchillo en la garganta al productor. Poco importa: Frank, pobre, agobiado, casi destruido, urdió un Maggio deslumbrante (Óscar 1953), volvió a la arena como el más grande, y ya para morir como el más grande: 25 películas seguidas. Desde tontas y rosadas comedias hasta el trágico baterista adicto a las drogas de El hombre del brazo de oro y el cantante apuñalado en sus cuerdas vocales de La máscara del dolor. Y Once a la medianoche: el paradigma de Los Magníficos, como se nombran ellos, o La Banda de las Ratas, como los llaman ciertas mujeres y muchos de sus enemigos: el clan banda que alista a Frank, a Sammy Davis junior, a Peter Lawford, a Dean Martin. Un cóctel batido con fiestas, mujeres y fechorías. Un bullanguero ejército que reinó en Las Vegas, y sobre todo en el Hotel Sands, que hace 15 años se desplomó bajo toneladas de dinamita para darle lugar a otro más grande y más lujoso, pero sin gloria: mucho mármol, cero leyenda.

OTRA VUELTA DE TUERCA

Vuelven los ojos azules. Así se llamó el disco que, por si algo faltara, lo llevó otra vez al número uno del ranking. El disco que está en cada minuto de la vida de casi cinco generaciones que amaron o lloraron el amor perdido con Night and Day, y volvieron a sentirse iluminados cuando, al final de una fiesta, alguien hizo estallar New York, New York. Ahora son los años 60 avanzados. Francis Albert Sinatra tiene hoteles y casinos y oficinas que miran al East River y casas en Los Ángeles y en Nueva York y en Palm Springs, donde a veces duerme el presidente John Fitzgerald Kennedy. El Departamento de Justicia no cesa: “Señor Sinatra: ¿cuáles son sus verdaderas relaciones con el señor Sam Giancana, acusado por este Departamento de ser uno de los jefes del crimen organizado?”. Pero –todo cierto o todo falso o verdad a medias– La Voz es invulnerable. Invulnerable a todo menos a una mujer flaca que come raíces y hace meditación trascendental, pero que a él le encanta “porque tiene cerebro”, según les dice al resto de sus temibles y casi siempre borrachos amigos: Mia Farrow. Boda en el ’66, divorcio en el ’67, porque no hubo manera de conciliar a la India con el Jack Daniel’s, ni el arroz integral con los tres paquetes de cigarrillos por día ni la cítara oriental con las ganas de echarle el guante a una pollita joven. Frank, viejo bandido...

THE END

Los últimos años. Los años de misterio. Dicen que está enfermo. Dicen que el Mal de Alzheimer, el mismo que convirtió a la refulgente Rita Cansino, Rita Hayworth para Hollywood y su gloria, en un guiñapo. Dicen que el corazón. Dicen que una esclerosis lenta, pero irreversible. En el ’71 anuncia su retiro. Instante supremo en el Music Center de Los Ángeles. Pero vuelve dos veces más. Dos retiros magníficos en que desaparece después de un apagón que acelera los corazones y las lágrimas. Pero, interminable, graba aun Duets I y II y llega a los 80 con torta y velas y happy birthday, lanzando su última boutade:
–Muchas gracias. Estoy conmovido. Pero... ¡nunca oí un coro peor!
Allá por el ’76 se ha casado, más por compañía y resignación que por amor, dicen, con Barbara Blake Ley, la ex mujer de Zeppo, uno de los célebres hermanos que lideró Groucho. Lento y suave ocaso. Silencio y misterio sobre sus días y sus noches últimas. La prensa informa –¿inventa?– tenues crepúsculos en los que envuelto en una bata de seda morada se reúne con unos pocos amigos y oye una y cien veces sus primeros discos. Sobrevive a dos zarpazos del corazón. En la noche del 14 de mayo, dos años antes del fin del milenio y acaso sin saber que sus hijos pugnan como perros feroces por su fortuna (200 millones de dólares que algunos estiran a 400), un tercer zarpazo le hiela los ojos azules y las manos huesudas que un día le pegaron –insensatas– al gigante John Wayne. Frank Sinatra ha muerto. Francis Albert Sinatra, ese insignificante chico de Hoboken que amaba a Bing Crosby y que un día robó una bañera, terminó sus 82 años sobre la tierra. Enfrentó el último telón. Pero nada es su carne corruptible y su sangre inmóvil y sus azules ojos cerrados mientras suene And Now the End Is Near..., etcétera. Nada. Porque Frank Sinatra está y siempre estará. De aquí a la eternidad.

Por Alfredo Serra. Especial para ROOMIN (*)

(*) Alfredo Serra es redactor jefe de la revista GENTE.


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios