Egipto
Una pirámide bien vale siete plagas


El periodista Alfredo Serra y un relato sobre las peripecias de su estadía en El Cairo para pararse frente a uno de los misterios más grandes de la humanidad.


C airo, hotel Kahn El Khalily, séptimo piso, medianoche. Recién llegado y ya desnudo, frente al espejo del baño, la primera de las Siete Plagas bíblicas, condena de Yahve (Dios) al pueblo egipcio por esclavizar a los hebreos e impedirles volver a su tierra.

Una robusta y tenaz cucaracha refugiada entre el vidrio y el marco, pero ahora, triunfante, en el centro del espejo. Impune también, porque aplastarla implicaría romper su reino, con los consabidos siete años de mala suerte. Entablo una inútil batalla: la bombardeo con espuma de afeitar. Huye, pero vuelve. Al tercer intento, me rindo: conviviremos, noble animal (pienso), porque vivías cuando las pirámides eran nuevas, cuando cayó Troya, cuando Roma conquistó el mundo, cuando Cristo se murió en un madero, cuando Colón confundió a América con las Indias; 40 millones de años llevas en el planeta, y allí seguirás cuando yo muera… Abro la canilla, y segunda plaga: el agua es de un rojo oscuro, como la sangre coagulada. Ya en la cama, recurro a la Biblia, todavía en el fondo de la valija. (Consejo para los viajeros a esos mundos milenarios: lleven una Biblia; no importa si la leen como la Verdad Revelada o como una gran novela de aventuras –cuestión de fe–; pero en ambos casos les será muy útil). Busco el Libro Segundo del Antiguo Testamento (Éxodo 5:1-5:9, 7:8-7:13) y repaso las plagas (¿7 o 10?: tema de larga discusión). Apuesto a las siete: aguas sangrantes; ranas; mosquitos; langostas; pestilencia; granizo de fuego y hielo, y muerte de los primogénitos. Calamidades que atormentaron al faraón Tutmosis III (llamado El Guerrero, y también El Grande) entre 1479 y 1425 a.C, su más de medio siglo de reinado, y no menos a sus sucesores… A media madrugada me duermo con la Biblia sobre el pecho, y luego de un desayuno sin plagas, encaro el primer día de mi largo mes en El Cairo y Suez, las misiones señaladas por la revista Gente. En los últimos 30 años, Egipto, de un millón de kilómetros cuadrados, pasó de 40 a 80 millones de almas, y El Cairo, su capital, de 10 a 16 millones. Ergo, a las bíblicas plagas se han sumado las nuevas. Persisten, indomables, los mosquitos y las moscas, lo mismo que las ranas en las charcas, las negras nubes de devastadoras langostas, las súbitas y violentas granizadas, y en las atestadas y sinuosas calles de El Cairo, la pestilencia: olores inimaginables que, juntos, son dignos de un círculo del Infierno no urdido por Dante Alighieri en su pavorosa visión de los pecadores. Días de 38 o 40 grados y noches casi heladas no hacen fácil la vida. El Cairo moderno se estrella contra El Cairo atávico y detenido en el tiempo: de pronto, un Rolls Royce interrumpe su marcha ante las rebeldes cabriolas de un jamelgo atado a un carro de variopinto y misérrimo cargamento. El incesante ruido diurno, que bate con éxito su récord hora tras hora, solo depone sus armas en la alta noche, cuando el profundo e inquietante silencio del desierto permite imaginar que hasta el planeta ha dejado de girar sobre su eje. Sin embargo, las siete o catorce o cien plagas no son nada –apenas anécdota- ante las pirámides. Ante su eternidad, que es una de las formas del Infinito. Y de ellas, más aun que Keops, Kefrén, Micerino y la Esfinge, que el turismo ha convertido en bullanguero mercado de chucherías, astutos camelleros de alquiler y falsos guías, quiero hablar de la Gran Pirámide Escalonada de Shakara, a 35 kilómetros del centro de El Cairo. Edad: más de cuatro mil años: la más antigua. Sentado en la ardiente arena y contemplando sus seis tramos roídos por los siglos, toda percepción de lo real desaparece: el andar del reloj, el sol cegador, el hambre, la sed, y hasta la propia identidad. Fue hecha por hombres; por millones de hombres que arrastraban piedras con sogas y morían bajo el látigo sólo para perpetuar el cuerpo de otro hombre: algo tan brutal como injusto para la moral media del siglo XX, pero estremecedor en su resultado físico y metafísico. Porque mientras esa tumba colosal era levantada, otros hombres de ese mismo desierto, que sólo parecían vivir para la muerte, crearon su papel, su alfabeto, su calendario (365 días divididos en 12 meses de 30 días), su matemática, su medicina, su arte, comprendieron el cielo, y desaparecieron: arena eran, y a la arena volvieron, salvo los cuerpos incorruptos de sus faraones, pero “con ese aire de cachivache que tienen los difuntos”, como escribió Borges. Y anochece, y uno, en el mismo taxi que por horas lo ha esperado, retorna al centro, a ese Cairo abrumador y tan divorciado de su remoto ayer, y toma una copa en el lujoso bar de un casino o de su hotel, y cree que vuelve a ser el mismo. Pero no. Pero nunca más. Porque, excepto que uno sea más insensible que un adoquín noruego (figura que debo a Roberto Arlt), ya no será el mismo. Tendrá una indescifrable sensación de miedo, de asombro, de perplejidad, de lo real maravilloso o de lo realmente imposible, que lo acompañará siempre. De algún modo habrá encontrado el Aleph: ese punto que encierra el entero universo, y hasta cada grano de arena de ese desierto que acaba de dejar atrás. ¿Atrás?: vana ilusión. Esos seis escalones, ese silencio y ese misterio lo acompañarán hasta el fin.

Por Alfredo Serra


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios