Buenos Aires Belle Époque

Hace cien años, Buenos Aires se preparaba para convertirse en la ciudad más importante de Sudamérica. El momento cúlmine de esta belle époque porteña estaría signado por el Centenario de la Revolución de Mayo, período en que el empedrado de nuestras calles sentaba las bases de un nuevo estilo de edificación urbana y deslumbrante. Verdaderos prodigios arquitectónicos, que aun hoy atraen a propios y ajenos. Entre ellos, el primer hotel de lujo de la ciudad: el Hotel Plaza, cuyo propietario, el empresario Ernesto Tornquinst, nunca llegó a ver terminado. Un siglo de historias y leyendas alojado en una de las esquinas más exclusivas de Buenos Aires.


P idamos no ser molestados, al menos por unos minutos, para sumergirnos en los inicios de uno de los hoteles más emblemáticos del país. Mientras en los Estados Unidos, Nueva York y Chicago sentaban las bases de las primeras escaleras al cielo,

aquí, en Buenos Aires, la apertura de la Avenida de Mayo daba lugar a la proliferación de edificaciones a gran escala. Para 1910, el censo de la época señalaba que vivían en la ciudad un millón doscientas mil personas; dos mil tranvías eléctricos circulaban por las calles, y ya estaba en marcha la construcción de la primera línea subterránea latinoamericana (la actual Línea A). Lo único que le faltaba a Buenos Aires para estar a la altura de cualquier ciudad europea era la creación de un hotel con carácter internacional, pensado para satisfacer los gustos de los huéspedes más refinados. Y fue Ernesto Tornquist, uno de los empresarios más importantes de la época, quien no demoró en canalizar esa necesidad.

Para llevarla a cabo, adquirió el terreno ubicado en Florida y Charcas (hoy Marcelo T. de Alvear), frente a su residencia, y convocó a Alfred Zucker, un arquitecto alemán en cuyo currículum se destacaban dos construcciones neoyorquinas: el Hotel Majestic y el Park Row Building, el edificio más alto del mundo por ese entonces. Los planos originales de este arquitecto de sólida experiencia en los Estados Unidos se vieron modificados por una exigencia de Rosita Altgelt, esposa de Tornquist. Es que la edificación de una planta alta en la esquina de su casa obstaculizaría la luz solar que entraba por la ventana del cuarto piso, y por consiguiente, sus horas de bordado se acortarían. Capricho o no, esto explica por qué se modificó la disposición de las torres de la fachada principal y por qué, en esa esquina, la construcción quedó retirada de la línea municipal y preparada para el acceso de los carruajes.

Las tareas comenzaron en marzo de 1907 y su culminación se dio en tiempo récord. El 15 de julio de 1909 el Plaza abrió sus puertas por primera vez ante la visita de una comitiva encabezada por el vicepresidente de la Nación en ejercicio de la Presidencia, José Figueroa Alcorta. Pero no fue Ernesto Tornquist, sino su hijo, Carlos Alfredo, quien ofició de anfitrión ya que su padre había fallecido trece meses antes, a los 66 años.

El día de su inauguración, el Plaza marcó un antes y un después en la hotelería de nuestro país. A partir de entonces, Buenos Aires pasó a contar con el hotel más lujoso y moderno de Latinoamérica. Estilo, elegancia y distinción fueron los valores que guiaron su existencia y pronto se convirtió en el lugar preferido por la nobleza europea a la hora de desembarcar en la ciudad. Por aquellos años, las estadías solían ser mucho más prolongadas que en la actualidad y el Plaza pretendió funcionar para sus huéspedes como una sucursal de sus propios palacetes. Para eso, fue necesario introducir algunos de los avances tecnológicos de los que ya se disponía en el hemisferio norte. Entre ellos, la instalación de un teléfono en cada habitación desde donde se podía llamar a cualquier otro punto de la ciudad e incluso a Rosario, la segunda ciudad más importante; escalera mecánica (denominada “escalera ascensor”); sistema de calefacción central; agua fría y caliente; electricidad de alta y baja tensión; dos ascensores con capacidad para veinte personas cada uno; y una bodega que llegó a contar con cerca de un millón de botellas.

El Plaza Hotel (que en principio iba a llamarse Phoenix) fue el primer edificio con nueve pisos en Buenos Aires. Al momento de su inauguración tenía 160 habitaciones y 16 suites. El noveno piso era una terraza con cocina independiente, apta para ser utilizada como roofgarden. Y además de todas las prestaciones esenciales concernientes a la hotelería, en el piso octavo, a contaba con servicios propios de panadería, pastelería, fábrica de hielo, imprenta, tapicería, ebanistería, taller mecánico, taller de platinado, sastrería, lavadero y tintorería. Todo se realizaba puertas adentro y eso, a su vez, lo convirtió en una verdadera escuela de oficios. Durante muchos años, por ejemplo, fue una filial de Maxim’s de París, y cada semana, su chef replicaba recetas recién llegadas de Francia.

El Plaza Grill es uno de los pocos ambientes del hotel que ha resistido el pasado del tiempo tal cual fue concebido. En los inicios se presentaba como una opción diferente del comedor principal, ya que se podía almorzar o cenar sin la necesidad de vestir de etiqueta. Y constituyó una de las innovaciones del hotel porque fue el primer restaurante de la ciudad que ofrecía las bondades del aire acondicionado. Esto consistía por aquel entonces en accionar ventiladores sobre barras de hielo escondidas en los rincones del salón. Un método simple, pero efectivo.

Un siglo después, el Grill cuenta con equipos de aire acondicionado modernos, pero nos propone seguir degustando el menú Belle Époque: Huevos Po Parisky, Lomo Eduardo VII, Centolla a la Sara Bernhardt, Mollejas Demidoff y Pato a la Prensa. Este último es uno de los platos más solicitados por los habitúes del Plaza Grill, cuya elaboración se realiza frente al comensal como en los viejos tiempos. Otro de los ambientes emblemáticos del hotel es el Plaza Bar, que hace unos años fue elegido por la prestigiosa revista Forbes como “uno de los mejores nueve bares de hoteles en el mundo”. Por sus mesas han pasado Henry Ford, Edward Kennedy, el conde Maroni Cinzano, Juan Manuel Fangio y numerosos políticos de la escena nacional e internacional, entre otros.

Aquí en el Plaza, presidentes de otros países, embajadores, reyes, príncipes, artistas plásticos, músicos, empresarios y estrellas de cine se han sentido como en su casa. Entre algunos de los huéspedes ilustres que han dejado su huella (y cientos de anécdotas), podemos mencionar a Charles De Gaulle, Rock Hudson, Indira Gandhi, Reza Pahlevi, Liza Minelli, Mikhail Baryshnikov, Joan Crawford, Ginger Rogers, María Félix, Catherine Deneuve, Sophia Loren, Luciano Pavarotti, Emerson Fittipaldi, Neil Armstrong, Theodore Roosvelt; Juan Carlos y Sofía, de España; y Balduino y Fabiola, de Bélgica… la lista resulta interminable.

Con sus 100 años de historia fueron numerosas las transformaciones volcadas sobre los planos originales. La idea inicial de Tornquist era que en el futuro, el hotel ocupara toda la manzana. Sin embargo, la crisis de 1930 puso un freno al proyecto y Carlos Alfredo Tornquist se vio obligado de vender una parte del terreno lindante a Corina Kavanagh. Los cuerpos que seguían por Charcas hacia San Martín se levantaron recién entre 1942 y 1948. Y para el año en que se realizó el primer Mundial de Fútbol en la Argentina se agregaron nuevas habitaciones, quintuplicándose la cifra de 1909. Desde 1994, el Plaza Hotel (ahora Marriott Plaza Hotel Buenos Aires) es administrado por la cadena Marriott Internacional y, habiendo cumplido 100 años, sigue fiel a su estilo, con todas las comodidades para el viajero de estos tiempos.

Por Lorena Blázquez


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios