POR MARÍA ZACCO

Su talento, que lo convirtió en una de las grandes figuras del ballet mundial, se afianzó durante años a través de la técnica y la disciplina, desde aquel día en que, con apenas 4 años, se asomó a espiar las clases de ballet que daba su madre y quedó, dice, “cautivado por la gracia de los movimientos”. Los viajes por el mundo no tardaron en llegar y se intensificaron cuando a los 18 años ganó la Medalla de Oro en el Concurso Internacional de Danza de Moscú. Al año siguiente, 1986, fue nombrado Primer Bailarín del American Ballet Theatre, dirigido por Mijail Baryshnikov, quien lo convocó personalmente. Cada vez que evoca un recuerdo, Bocca se muerde el labio inferior mientras sonríe y sus ojos apuntan al cielo. Un gesto simpático que resume mil palabras que podrían describir lo que le brindó su exitosa carrera.

Aún así, el en apariencia intimidante bailarín, de 44 años, tiene los pies dans la terre. Procedente de un hogar humilde, nunca se empalagó con las mieles del éxito. No sólo siguió siendo, asegura, un “muchacho de barrio” sino que luchó, desde el inicio de su carrera, por sacar al ballet de los claustros elitistas y transformarlo en un arte popular. Haber pisado los principales escenarios del mundo y cantidad de premios eran aval suficiente para crear su propia compañía, el Ballet Argentino, que amalgamó la danza clásica, la contemporánea, el folclore y el tango y triunfó transfronteras.

Esa compañía produjo el espectáculo con el que el bailarín colgó las zapatillas de baile después de 25 años, “Adiós hermano cruel”, un título sugestivo que parecía definir el impreciso fin de esa unión de amor y esclavitud mutua entre el bailarín y su arte. Dos años antes, en 2005, había anticipado que tras su retiro, a los 40 años, su ilusión era “vivir en un barco y sin compromisos”.

Cuando parecía que había llegado la hora del ocio, en 2010 surgió la posibilidad de dirigir el Ballet Nacional del SODRE (Servicio Oficial de Difusión, Radiotelevisión y Espectáculos), en Uruguay. Abandonó el barco, pero vive frente a la costa del Río de la Plata, en el barrio de Pocitos. “Ni lo dudé”, asegura Bocca, sentado en su oficina del Teatro Adela Reta, donde reinan las paredes de hormigón, mientras prueba el primer mate del día, su fiel compañero. Durante una charla con ROOMIN, que llevó más de un termo, Julio habló de su rol de director, de su carrera y de su nueva vida.

¿Qué implica tu labor de director del ballet?

Nos encargamos de todo aquí. Digo “nos” porque somos un equipo. Armamos el programa, buscamos la publicidad, lo diseñamos. Además tengo determinados horarios para ensayar con la compañía y dar clases, que suspendo únicamente cuando estamos con muchas cosas. Nos ocupamos de la escenografía de los espectáculos, las luces y el vestuario. Estamos preparando “Corsario” y “Tres Hologramas”, para octubre, una obra que le pedí al músico uruguayo Jorge Drexler. Mientras, ensayamos “Cascanueces” y tenemos armado el programa para 2012 y 2013.

Como hiciste en Argentina, llevaste el ballet al interior del país y a espacios no convencionales, como estadios. ¿Cómo respondió la gente?

De manera estupenda, a sala llena. La primera gira nacional fue en 2010 y era, también, la primera después de muchos años. Intentamos recuperar esa magia maravillosa que es la cultura, que debe salir hacia la gente. Sobre todo, porque se trata de una compañía del Estado, así que debe presentarse en el interior. Recuerdo que dos de las presentaciones de esa gira las montamos en estadios de básquet y, una de ellas, tuvimos que hacerla al mediodía, porque no nos daban los tiempos para llegar a otra ciudad. Pensamos que no iba a ir nadie a esa hora y había 2.500 personas. Fue impresionante.

¿Recibiste comentarios?

¡Si! La gente decía que la compañía de ballet se veía mejor y elogió el repertorio. Eso es genial, porque nos obliga a mejorar para ofrecer mejores espectáculos. Nos gusta que el público sea exigente. Algo para destacar es que este renacimiento del ballet del SODRE generó una movida cultural muy importante, porque muchos teatros de este país que estaban prácticamente en estado de abandono están empezando a ser restaurados para recibir al ballet.

Así como en Argentina fusionaste el ballet y el tango, aquí lo hiciste con el candombe. ¿La gente lo recibió bien o siempre están quienes prefieren un repertorio clásico?

Es totalmente errada esa idea de que el público de ballet sólo quiere ver el tutú. Quieren ver un espectáculo, con todo lo que ello implica: una buena historia, una gran escenografía y vestuario y, sobre todo, a los artistas emocionarse y transmitir lo que sienten. El año pasado, montamos “Giselle” y “El Lago de los Cisnes”, dos clásicos, y un programa mixto con obras de Vicente Nebrada. Este año me arriesgué con “Un tranvía llamado deseo”, con coreografía de Mauricio Wainrot, algo más contemporáneo pero con una historia muy linda. Y la gente me sorprendió, porque salió encantada.

En tu trabajo estás muy activo pero contame de tu vida cotidiana en Montevideo. ¿Estás contento?

Muy. Me ayudó mucho la tranquilidad que hay en este lugar. No hay tanta gente. Vivo en un lugar hermoso, en Punta Gorda, a cinco minutos del aeropuerto. Y ando tranquilo por todos lados.

¿En la Argentina te sentías acosado?

¡Tampoco era para tanto! Además, cuando uno desparece de escena, se olvidan un poco. Aquí, alguno que otro te puede reconocer pero no me molestan. Cada vez que voy a Buenos Aires, estoy pendiente de quién me está mirando o controlando. Acá me saludan pero siempre manteniendo una cierta distancia. Y eso está bueno, porque hago lo que cualquier persona normal: voy al supermercado y camino tranquilo porque sé que no me persiguen. Sólo la panadera de Pocitos se pone a llorar cada vez que me ve.

¿Le debés plata?

¡No! (risas)… Se emociona mucho y tengo que consolarla. Me da mucha ternura.

Vivís cerca del agua, que siempre te gustó.

Cuando era chico, siempre iba de vacaciones a Mar de Ajó, en la costa argentina, y me gustaba simplemente quedarme sentando frente al mar. Ahora, vivo sobre la rambla: desde el balcón veo el atardecer y eso me hace feliz. Incluso en invierno, voy a caminar con mi perrita, ovejero alemán, por las rocas. A veces, llevo la reposera y me pierdo ahí. Cada día es un placer. A la mañana, me levanto y vengo para el teatro por la rambla, llego a trabajar a este lugar que me fascina, y cuando termino, vuelvo a casa. Algo que para el resto de la gente es normal, pero yo lo deseaba desde hace mucho tiempo.

Cuando te retiraste querías recuperar el ocio y descansar.

Estuve un año y medio sin hacer nada. Fue maravilloso porque tuve, por primera vez en muchos años, tiempo para mí. Me quedé en casa y me dediqué a inventar recetas de cocina mientras tomaba una copa de vino; empecé a ocuparme de las cosas cotidianas, como hace cualquier persona.

Siempre te referís al vino como una buena compañía…

Vino, fernet, cerveza y champán. Esas son mis cuatro bebidas preferidas. Así que llegar a casa y tomarme algo, es una verdadera fiesta. A veces, me siento en la cama, mirando el río por la ventana, con una copita. Eso me hace muy feliz. Y como soy Embajador del Vino de Wines of Argentina, cada tanto recibo algunas botellas y siempre tengo algo nuevo para probar. Pero admito que no duran mucho…

Como director sos terrible: en tus épocas de bailarín decías que te costaba la disciplina y no te gustaba mucho ensayar.

No me molestaba la disciplina sino ensayar y tomar clases, porque lo hacía desde pequeño. Empecé a los ocho años con la rutina de bailarín y aprendía rápido entonces, modestia aparte, me aburría. Por eso quería estar más en el escenario que en una sala de ensayo.

Y sin tanto ensayo, ¿cómo eran las cosas sobre el escenario?

Con la bailarina italiana Alessandra Ferri nos entregábamos a la espontaneidad. Algo que hoy fomento en los demás. De todos modos, tomé clases hasta el último día, con mi maestro, al que llevaba cuando iba de viaje. Así compensaba la falta de ensayo. Pero cuando había que trabajar, lo hacía. Mi verdadero placer era estar en el escenario.

¿Es verdad que te quejabas de los cachetazos que te daba Ferri en “La fierecilla domada”, que eran demasiado fuertes?

Si, tal cual. Pero, a veces, yo también la revoleaba un poco fuerte (risas). Es que la improvisación, además de dejarte sorprendido, hacía que la cosa fuera real. Y los dos nos dábamos esa libertad porque nos entendíamos mucho y confiábamos uno en el otro. Ella sabía que se tiraba y que jamás iba a ir al piso porque siempre yo iba a estar primero. A veces, la miraba y ella entendía que le estaba diciendo: “no te voy a poder levantar porque estoy muerto”. Y me ayudaba para que los movimientos fueran fluidos y no se notara nada. Por algo, decían que, después de Rudolf Nureyev y Margot Fontaine, Ferri y yo habíamos logrado una química similar en el escenario: éramos uno.

¿Qué bailarines te inspiraron en tu carrera?

Vladimir Vasiliev, sin duda. Y del Teatro Colón, Eduardo Camaño, Raúl Candal y Daniel Escobar, diferentes entre sí, pero artísticamente maravillosos. En aquella época venían muchos bailarines invitados y vi a Michaël Denar (de la Opera de Paris), con una calidad humana y artística sin igual.

¿Qué se sentía tenerlos cerca?

No podíamos acceder a ellos. De hecho, en la escuela del Teatro Colón me pusieron 25 amonestaciones por ir a pedirle a Denar una foto autografiada y quedé libre. Luego me reincorporaron sólo porque en ese momento en la escuela no había muchos varones y se necesitaban partenaires.

Vasiliev integraba el jurado que te otorgó el premio de Moscú en 1985, donde tuviste un traspié y terminaste ovacionado.

Estaba nervioso. Imaginate: esperaba la medalla de oro y me resbalé. Pero así como me caí, me levanté inmediatamente y seguí. Fui con Raquel Rossetti que no concursaba por la edad, pero era una gran partenaire porque tenía una experiencia en el escenario y una seguridad fundamentales para calmar mis nervios. Yo sabía que ante cualquier eventualidad ella estaba ahí para ayudarme, y lo hizo. Incluso ganó un premio como Mejor Partenaire, que únicamente se lo dan a los hombres. Cuando terminamos el primer adagio se quedaron todos quietos, en silencio, lo que interpreté como un desastre. Y de repente, nos aplaudieron de pie.

A partir de Moscú tu carrera tuvo un despegue.

Ya era conocido pero sólo en el mundo del ballet, porque había bailado como solista en el Teatro Colón. También en Brasil y Venezuela. El concurso de Moscú me dio más visibilidad en los medios. También ayudó que pude -a pesar de mis imposibilidades- relacionarme con la prensa y aprovechar ese momento.

¿Qué imposibilidades?

Me costaba mucho hablar. Me expresaba con el cuerpo más que con la palabra. Además, tenía 18 años, no había terminado la secundaria y no me sentía preparado para responder ciertas preguntas. Ante la duda, para no meter la pata, me callaba. En mis primeros viajes, encontraba bailarines de la Opera de París o del Royal Ballet que hablaban de distintos temas y yo no entendía nada. Lo sufrí un poco; fue un momento de aprendizaje de golpe en el que fui haciendo mi propio camino. Pero la realidad es que, a diferencia de otros países, el mío no me dio esa posibilidad de tener una educación integral.

¿Eso puede remediarse?

Sí, si existiera una escuela educativa integral, que no existe ni en Uruguay ni en Argentina, donde los bailarines aprendan también historia, matemática o física. La carrera de bailarín es corta y deben estar preparados para hacer otra cosa. Para el concurso que convoqué en noviembre próximo en el SODRE, uno de los requisitos es que los bailarines tengan el secundario completo. Me propuse que mi experiencia sirva para modificar las cosas y que los nuevos bailarines no cometan los mismos errores que yo. Me gustaría hasta que tengan la posibilidad de terminar el secundario en horario nocturno.

¿Volverías a bailar?

No. Al menos en este momento estoy seguro de eso. Tendría que ser algo muy especial…y sobre todo, haber mucha plata! (risas). Hablando en serio: estoy en otra etapa. Para bailar, tendría que ponerme en forma, volver a la rutina ya no quiero.

¿Cómo te ves en 20 años, haciendo qué?

No se. Ni lo pienso!. Me pasa con el futuro lo mismo que con el pasado: prácticamente no le presto atención y me olvido de la mayoría de las cosas.

Tenés una memoria selectiva…

No, no es eso. Porque no es conciente. Simplemente, no me quedo con nada del pasado y trato de refrescar mi presente.