Dicen los que lo conocen que los años le han dado una madurez muy parecida a la de los mejores vinos. De Los Ángeles -donde vive desde hace 20 años- a Buenos Aires y otras ciudades de Europa y Asia, el tipo no para de trasladarse y de moverse. Hay que verlo saltar sobre el escenario en los shows de Bajofondo en todo el mundo y escucharlo decir que pasa muchas noches levantado detrás del sueño de concretar una nueva banda de sonido o un nuevo álbum. Hoy, sentado en un cuarto del Alvear Palace Hotel -su refugio cuando viene a Buenos Aires- empieza por pedir y ofrecer un café negro, pero nada en él denota pereza o cansancio.

Esté donde esté, Santaolalla se trae siempre algo entre las manos. El músico, compositor, productor, editor de libros y bodeguero, hace tiempo que conquistó el título del hombre orquesta más multifacético de la escena nacional. Y él lo sabe y lo disfruta a su manera… con nuevos viajes, con nuevos proyectos; con nuevos desafíos por delante.

Como compositor, ganó dos Oscar consecutivos por las bandas de sonido de las películas Babel y Secreto en la montaña. Y en los últimos años cumplió el sueño del viñedo propio en Mendoza junto a su mujer desde hace 26 años, Alejandra Palacios.

Cuesta imaginarte sin hacer nada. ¿Cuál sería tu mejor idea de descanso? ¿Santaolalla alguna vez se entrega a hacer nada, nada?

A veces puedo quedarme un poco más tranquilo o encerrarme un rato, pero siempre vivo intensamente. Yo sigo, me encanta la vida. A veces yo mismo me pregunto: “¿Por qué? ¿Qué necesidad hay de estar siempre haciendo cosas?” Pero no puedo. Lo que me hace seguir es la pasión. Un día encontré lo que quería hacer con la música, y lo hice apasionadamente, y después pude ir identificando otras cosas que quería hacer y lo fui expandiendo.

Hace un tiempo contaste que en un momento dejaste de ser “demasiado obsesivo” para hacer las cosas de manera diferente. ¿Cómo era eso?

Bueno, no sé si dejé de ser obsesivo o si trabajé mi obsesión de una manera mejor, diferente. Ese fue un cambio enorme en mi vida, muy profundo. Cuando era más chico, vivía obsesionado con una cosa: mi vida era Arco Iris. Le dedicaba las 24 hs del día al grupo y todo lo que pasaba alrededor de eso. Más tarde, ya viviendo en Estados Unidos, (N. de la R.: vive en Los Ángeles desde 1978), me di cuenta de que me hacía mal a mí y terminaba haciéndole mal a los proyectos. Entonces tuve una crisis y empecé a diversificarme. Hasta ese momento, estaba tan ensimismado en lo mío que necesité cambiar; salí a mirar afuera. Después del proyecto De Ushuaia a La Quiaca que hicimos con León, miré para atrás y pensé: “Quiero poner mi energía al servicio de otros músicos, voy a salir de abajo de la luz”. Desde entonces, en vez de hacer una sola cosa, empecé a hacer dos, pronto supe que podía hacer tres, y entonces me convertí en productor. A fines de los `80, empezó mi carrera fuerte como productor, que culmina con todo lo que pasó en los últimos años… (se queda pensando). La primera vez que me nominaron para un Grammy, perdí y me dije: “Fui, ésta era mi gran oportunidad”. Hoy ya tengo 15…

A fines de los `80, te convertiste en productor y en descubridor de talentos…

Sí, eso es lo más me gusta. De los más de 100 álbumes que llevo producidos, la gran mayoría son primeros álbumes. Son todos artistas que empezaron conmigo, de alguna manera. Después de muchos años, puedo decir que no hay nada que me motive más que encontrar nuevos talentos. Ahora vengo de participar en un concurso muy grande que hice con el grupo YPF llamado Destino Rock. Fue algo lindo porque nos dio la posibilidad de hacer un concurso federal y recibir bandas de lugares como La Rioja, Formosa o Catamarca. Pudimos conocer el trabajo de artistas a los que les hubiera sido muy difícil llegar… Con la ayuda de Internet, recibimos casi 6000 bandas de las cuales quedaron cuatro finalistas. El concurso nos sirvió para hacer una especie de censo musical nacional.

¿Cómo entra a jugar el vino en esta búsqueda personal y profesional de tantos años?

El vino viene por distintos lados. Mi primera relación con eso empieza en un viaje de fin de curso de la escuela secundaria cuando fuimos a Mendoza y me enamoré del lugar. Después fuimos a tocar con Arco Iris bajo una galería, mirando toda la vid y el paisaje. En esa época no tomábamos alcohol ni nada, pero me quedó mucho eso. Después me mudé a California, un lugar que tiene muchos puntos en común con Mendoza, y más tarde empecé a trabajar con Orozco Barrientos, un dúo mendocino. La verdad es que desde que conocí a Alejandra, mi mujer, hace 26 años (ella era la fotógrafa del proyecto De Ushuaia a la Quiaca), la idea del viñedo empezó a ser un gran sueño. “Qué lindo sería”, nos decíamos sin saber todo lo que implicaba. Hoy sé que implica un esfuerzo enorme. Nos ha costado mucho trabajo, pero estamos felices de la vida.

No era que quisieras tener una casa quinta en Mendoza. Sabías que querías cumplir el sueño del viñedo y la bodega propia…

Sí, quería hacer un buen vino, porque el vino tiene algo muy noble, muy lindo y social. Antes pensaba: “Qué groso debe ser abrir una botella de vino para tomar con tus amigos que sacaste de tu propio lugar”. Me gusta pensar eso hoy, que ando viajando por todo el mundo, y tengo ese lugar con tantas cosas vivas. No es un departamento en un lugar de moda, sino un lugar que está vivo y eso me encanta, me fascina. El otro día contaba que la primera vez que vi mis vinos en una carta de El Mirasol, un restaurante al que voy desde hace años, no podía creerlo, fue increíble. Ya me pasaron muchas cosas con el vino.

¿Por ejemplo?

Yo nunca quise hacer un “celebrity wine”, lo hice porque me encanta el vino y siempre pensé que lo mejor que podía pasar era que alguien probara el vino, le encantara y preguntara: “¿Quién hace este vino?” Y eso me pasó. Un día mi amigo (el actor) Gael García Bernal, me llamó y me dijo que estaba tomando un vino increíble y que al mirar la etiqueta de atrás, se había dado cuenta de que era uno de los nuestros. En la parte de atrás de las botellas, hay un pequeño texto que explica un poco mis parámetros: la búsqueda de la excelencia y esto de perseguir una visión que tenga identidad que aplico a la música y a todo lo que hago. Para sacar los vinos, esperamos cinco años. Salieron en 2010 y nos ganamos varias medallas de oro. Por ahora, tenemos tres vinos Malbec y por estos días sacamos un Petit Verdot, un Cabernet y un torrontés.

¿Cómo es vivir un poco a caballo entre Los Ángeles, Buenos Aires y tantas otras partes del mundo?

Bueno, es un caos, pero de alguna manera se va armando. Viajo mucho, de un lado por el otro… El año pasado estuve tres veces en China, visité la India y Corea por segunda vez, estuve en Singapur… A Europa voy siempre, además de pasar tiempo en Los Ángeles donde está mi casa, mi mujer y mis hijos. Cuando estoy en Estados Unidos, voy bastante a Nueva York y a San Francisco. A veces digo: “¿Cómo voy a hacer? ¡Son demasiadas cosas! Pero bueno, al final lo voy haciendo y eso se debe también a que tengo muy buenos equipos de trabajo acá y allá… Cuando llega la noche, los discos existen, los libros existen -tengo una editorial de libros- los shows de Bajofondo existen, y mi familia está ahí.

Antes hablabas de tu pasión por la música, de tu interés por el tema de la identidad y de tu gusto por la innovación. ¿Qué perseguís con todos estos ingredientes?

A todo eso lo aplico en todas las áreas. Mi interés pasa por hacer cosas nuevas pero también por rescatar y cuidar nuestra tradición. Me gusta que en lo que hago esté representado quiénes somos y de dónde venimos. Si hablamos de identidad reflejada en la música, con Arco Iris fuimos la primera banda que fusionaba el folclore argentino y latinoamericano con el rock, el jazz y el blues. Paralelamente, yo tenía un interés muy grande por la música verdadera, de raíz. Por eso hicimos De Ushuaia a La Quiaca, un viaje de autoconocimiento alucinante. Más tarde, cuando me metí con el tango, un género tan sofisticado y popular a la vez, mi interés también estaba vinculado con el tema de la identidad. Lo primero que hicimos con Bajofondo fue una fusión de elementos que tienen que ver con el tango y el bandoneón con ritmos como el hip hop, entre otros. A partir de ahí, apareció la necesidad de volver a las fuentes que me llevó a hacer el documental Café de los maestros, con los grandes del tango… Y ahora estamos con los vinos, que también son productos de gran identidad, muy ligados a la tierra, al arte y a la naturaleza.

La conexión emocional con lo que hacés es otro de tus ingredientes fundamentales…

Bueno, sin eso no arranco. La manera en la que se dieron las cosas hasta acá, está muy relacionada con las cosas que hice, pero también con todo lo que dejé de hacer, con las cosas a las que le dije que no. Esto es 80 % de transpiración y sólo un 20 % de inspiración e intuición. Siempre me mantuve muy fiel a esta visión que fui forjando desde chico y eso me ha llevado a hacer muchas cosas y a descartar otras. He aplicado esta combinación de trabajo con intuición en los momentos buenos y también en los malos. En el año `78 me tuve que ir de acá y en Estados Unidos pasé ocho años muy duros. En esos momentos, cuando se presentaban oportunidades y sentía que era algo que no tenía que hacer, me quedaba en el molde. Tenía una hija con todo lo que se implica, pero igual me mantuve firme. Hoy en día ya no tengo problemas para subsistir, pero igual sigo eligiendo con cuidado. Cuando las cosas te empiezan a salir bien, llegan ofertas sumamente interesantes y hay que tener la capacidad de decir que no. Después de mi segundo Oscar, llegaron muchas propuestas, pero no hice ninguna película hollywoodense. Hasta ahora ninguna de las películas en las que participé representa al establishement de Hollywood. Me llevó un tiempo encontrar una película como On the road, el film de Walter Salles que estoy haciendo ahora. Mientras tanto, preferí me fui a hacer películas más pequeñas. En el último tiempo hice una película alemana, Nanga Parbat, una película francesa, Les Yeux de sa mère, con Catherine Deneuve y trabajé en una película india, Dobi Ghat, que me permitió trabajar con músicos locales. A todas las hice por mucho menos que lo que hubiera ganado en Hollywood por una película de un presupuesto enorme, pero me quedé mucho más contento.

Y de paso seguiste viajando…

Sí, seguí viajando y eso me encanta. Viajar es una de las cosas que más me gusta en la vida. Cuando era chico me iba a las Embajadas y soñaba con viajar por el mundo. Ahora viajo sin parar, por todos lados.

¿Este hotel es tu casa en Buenos Aires?

Sí. En Buenos Aires tengo la casa de mi madre en Ciudad Jardín, pero es un poco lejos del centro, así que voy de visita. De todos los hoteles de Buenos Aires, éste es el que más me gusta y donde me tratan mejor, así que paro acá y me sirve para trabajar, hacer reuniones y descansar. Está ubicado en un lugar estratégico y además es argentino, no es de ninguna cadena de hoteles internacionales.

¿Y si te preguntaran por un viaje alucinante que hayas hecho en el último tiempo?

Bueno, hay mucho para contar. Después de muchos años de hacer lecturas de maestros espirituales y tantas otras cosas, visitar la India siempre me fascina. Estuve el año pasado y volvería siempre. También me encanta Portugal, por ejemplo. Conozco mucho ese país y me apasiona el fado, la música tradicional portuguesa. De hecho, hice un disco de fado con Cuca Roseta, una chica joven que canta increíble. También me gusta mucho Grecia, Italia, los países nórdicos. ¡Me gusta mucho todo! Como decía antes, el año pasado estuve en Asia, visité Corea, Hong Kong, Beijing y me quedé con las ganas de conocer mejor el interior de China.

Y a Latinoamérica, ¿cómo la ves?

Bueno, vengo de hacer la música del documental sobre el ex presidente Néstor Kirchner y estuve en la Patagonia, en lugares increíbles como Trelew y El Calafate. A Argentina y Latinoamérica las veo bien, estamos atravesando un momento histórico, una etapa muy importante que se va a ver mejor con el paso del tiempo. Después de estar muy ocupados en esta región del mundo, empezaron a poder mucho esfuerzo en otros lados y esta parte del mundo se les escapó. Hablo del control que ejerce Estados Unidos, del Imperio. Yo vivo allá porque es la Roma de otros tiempos, pero no coincido con su política exterior, entre tantas otras cosas. Viviendo allá, tomo algunas cosas que ellos saben hacer muy bien, pero discrepo en muchas otras. No puedo dejar de pensar en la influencia nefasta que en el mundo. Estando ahí trato de hacer lo mío para que algo cambie.