POR MARÍA ZACCO

El argentino César Pelli es considerado uno de los diez arquitectos más influyentes del mundo: sus obras están diseminadas por sus principales ciudades. Sin embargo, es tan amable y sencillo como una de sus torres vista a distancia. Nacido en la provincia de Tucumán hace 85 años, eligió a Estados Unidos como su hogar hace más de cuatro décadas. Al principio, admite, “fue raro” aunque jamás lo hicieron sentir como un extranjero. Le encanta vivir en New Haven, la tercera ciudad de Connecticut, uno de los estados más pequeños y a la vez más ricos del país. “Es un lugar muy tranquilo, rodeado de verde”, relata arrastrando las “r”, su sello tucumano, a pesar de que habla español con acento inglés. Desde la ventana de su estudio, en el 1056 de Chapel Street, se ve la prestigiosa Universidad de Yale, de la que fue decano de la Facultad de Arquitectura entre 1977 y 1984, una experiencia que define como “fantástica”. Pelli habla de modo muy pausado pero con entusiasmo y separa cada frase con una carcajada muy contagiosa, que transmite alegría.

Las Torres Petronas (1998), símbolo de Kuala Lumpur, le abrieron las puertas del mundo (reinaron como las más altas del planeta hasta 2003). Asegura que no tiene proyectos similares en mente porque “aquélla, fue una condición única”. La extensa y laureada carrera en el exterior del arquitecto argentino había comenzado mucho antes, con el diseño de la Embajada de Estados Unidos en Tokio, en los años ‘70, un verdadero éxito.

Medalla de Oro del Instituto Americano de Arquitectos (AIA, por sus siglas en inglés), Pelli es, sin duda, muy famoso. Pero sigue concentrado en las cosas simples. Si bien la mayoría de las obras arquitectónicas están limitadas por exigencias económicas, él privilegia las pautas culturales de una sociedad al trazar un diseño porque “llevan al alma de un edificio”, afirma.

Su predilección por las alturas es innegable: además de las Petronas, se destacan, entre otras, las Torres Gemelas de Polanco, en la Ciudad de México; las del Bank Boston y Repsol-YPF, en Buenos Aires y la de Cristal, en Madrid. Sin embargo, tiene los pies sobre la tierra a la hora de pensar sus diseños, concebidos con una de las cualidades que más lo distinguen: su sentido humanista, que le permite trabajar con materiales de última generación, pero sin perder de vista la esencia del lugar donde estará emplazada la obra. Torres cuadradas, redondas, semicirculares y edificios con silueta de mariposa ( el Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Osaka) o de un viejo monitor de computadora (el Centro de Investigación Médica de Doha) reflejan lo que “se cocina” en sus interiores y demuestran que la concepción de Pelli no resta belleza.

El autor del World Financial Center de New York -ubicado frente al Ground Zero, el espacio vacío que dejaron las Torres Gemelas en 2001- podría pasar horas hablando de esa ciudad, a la que adora. También ocupa buena parte de su corazón Buenos Aires, a la que define como “una de las metrópolis más hermosas del mundo”. De su concepción de la arquitectura, sus obras y el futuro, habló Pelli durante una charla telefónica con ROOMIN.

—Usted ha hecho obras muy diversas en todo el mundo: desde Argentina, pasando por Japón y Qatar a Kuala Lumpur. ¿Cómo logró llegar a tantos países y tan distintos?

—Siempre busco que mis edificios respondan a la naturaleza específica de su lugar. Así se fue extendiendo nuestro campo de acción y hoy, por suerte, nos llaman de distintos países.

—¿En qué diseños trabaja en este momento y para qué país?

—Estamos trabando en muchos a la vez: entre otros, una torre para el Vietcong Bank, en Vietnam; dos torres que se destinarán en parte a oficinas y viviendas, una en Tokio y otra en Osaka; distintos proyectos de oficinas y casas en China y en India, con mi hijo Rafael, diseñamos un complejo que incluirá viviendas, un hotel y oficinas.

—El diseño de las Torres Petronas ¿fue un disparador para que conocieran su trabajo en todo el globo?

—Ayudó mucho pero no fue el primero. Mi trabajo en el exterior comenzó con mi diseño de la Embajada de Estados Unidos en Tokio, a principios de la década del ’70. Por esta obra, que fue muy bien recibida en Japón, en los años ochenta nos propusieron diseñar otros edificios allí. Gracias a nuestra experiencia en ese país , donde concebimos obras de gran tamaño, nos invitaron a participar en el concurso para las Petronas.

—¿Cómo surgió aquel proyecto? ¿Qué lo diferenció para ser el elegido?

—La compañía Kuala Lumpur City Center Berhad (KLCC) se formó para adquirir los terrenos de un viejo hipódromo, construido por los ingleses. Un urbanista australiano preparó un master plan para el terreno y KLCC decidió iniciar el desarrollo con la punta noroeste de esa parcela, que estaba ya entre grandes edificios financieros. Entrevistaron a distintos arquitectos para evaluar que estuvieran capacitados para resolver el problema y fuimos elegidos entre ocho firmas muy conocidas, de varias partes del mundo. El socio más fuerte del grupo era la compañía Petronas, petrolera del Estado. Por este motivo, el entonces Primer Ministro de Malasia, Mahathir bin Mohamad, jugó un papel muy importante en aquella selección.

—¿Lograr que el edificio tuviese visibilidad entre otras estructuras altas fue el único determinante?

—No. Un requerimiento para los concursantes, no oficial pero con mucho énfasis, fue que el edificio debía tener un carácter “malayo”. Nosotros lo tuvimos muy en cuenta y cuando fuimos seleccionados nos dijeron que habíamos sido los únicos en tomar esa directiva en serio. Esa cuestión fue importante para Mohamad y probablemente lo que decidió el concurso en favor nuestro. (Las estructuras de las Petronas evocan motivos tradicionales del arte islámico y hacen honor a la herencia musulmana de Malasia, Nrd).

—Usted es un especialista en arquitectura vertical. ¿Qué condiciones debe tener una ciudad para que pueda construirse un rascacielos?

—Mucho dinero (se ríe). No creo que corresponda hacer rascacielos en cualquier ciudad, en algunas, se verían espantosos.

—Muchas ciudades tienen predilección por las torres y la mayoría de la gente busca vivir en los pisos más altos. ¿A qué cree que se debe esa atracción por las alturas?

—Hay muchas razones, sobre todo psicológicas. Piense en la Torre de Babel…la gente buscar llegar al cielo (construcción mencionada en la Biblia. De acuerdo a algunas interpretaciones, con esa torre los hombres pretendían alcanzar el Cielo, entendido como lugar de morada de los dioses, Nrd).

—¿De qué manera juega el entorno, la cultura y el modo en que un edificio afectará la vida de sus ocupantes a la hora de pensar un proyecto?

—El ambiente cultural de un lugar afecta el diseño, del mismo modo en que influirá el modo en que la gente perciba lo que hice. Tratamos de responder primero a las necesidades humanas en un proyecto y luego, intentamos brindarles a las personas una experiencia artística.

—¿Hay ciudades más “amables” que otras para utilizar parámetros de construcción que no dañen el medio ambiente?

—Sin duda. La sustentabilidad depende de la cultura de cada ciudad y del interés del cliente. Se puede construir un edificio sustentable con un presupuesto ideal, pero también puede hacerse con más dinero y alcanzar el certificado LEED de platino, el nivel máximo (lo obtuvo la torre Iberdrola de Bilbao, diseñada por Pelli, y es otorgado por el United States Green Building Council, uno de los sistemas de certificación de sustentabilidad más reconocidos a nivel mundial, Ndr). Los edificios que diseño en mi estudio son sustentables.

—¿Y eso cómo se traduce?

—En el tipo de orientación que tendrá el edificio para que reciba más luz solar y el tipo de materiales usados en la construcción. A mí me interesa más pensar la sustentabilidad desde el diseño.

—Las “villas industriales” europeas del siglo XIX o la “ciudad autopista” de Le Corbusier, a principios del XX, apuntaron a sacar a la gente de la calle, lo que demuestra que a través de la historia la arquitectura fue utilizada con fines políticos. ¿Puede hoy ser pensada en esos términos?

—Eso fue muy importante para los regímenes totalitarios del Siglo XX. Hoy queda muy poco de eso.

—Si tuviese que hacer un “diagnóstico urbano” de Buenos Aires y de New York, en el sentido de qué le falta y qué le sobra a cada ciudad, ¿cómo sería?

—New York, en su gran centro, que hoy es casi todo Manhatan, es quizá la ciudad con vida más dinámica que existe en el mundo. Lo que más me gusta es la cantidad de posibilidades que ofrece. Y el centro de Buenos Aires, es uno de los lugares más vivibles que conozco. La riqueza de la ciudad está en los edificios construidos uno pegado al otro, por medianeras. Y también en los negocios en las aceras, que conforman un ambiente muy humano.

—Tengo entendido que vive en New Haven. ¿Cómo es vivir allí?

—Muy tranquilo y agradable. Un lugar ideal para trabajar, rodeado de verde, donde se puede ir caminando a todas partes. Vivo a apenas 3 kilómetros de la oficina, me encanta.

—¿Por qué eligió a Estados Unidos como su segundo hogar?¿Influyó su trabajo en la decisión de dejar Argentina?

—Llegué a Estados Unidos con una beca de nueve meses. Y luego fueron apareciendo oportunidades que me hicieron postergar el regreso. Hasta que llegó un día en que me di cuenta que ya había echado fuertes raíces personales y profesionales aquí.

—¿Qué oportunidades?

—Cuando llegué estaba sin trabajo y me ofrecieron dar clases en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Yale. Al poco tiempo, me eligieron para hacer la extensión del MOMA (el Museo de Arte Moderno de New York) y eso me obligó a abrir un estudio. Más tarde me nombraron decano.

—¿Cómo fue esa experiencia en el decanato de Yale?

—Fantástica!. Fueron ocho años muy productivos a nivel intelectual, porque invitaba a arquitectos de todo el mundo a debatir ideas con los estudiantes.

—Usted tiene predilección por las torres. ¿Qué sensación le produjo la ausencia de las torres Gemelas en New York?

— Una sensación conflictiva. Por un lado, un gran sentido de pérdida, sobre todo la de vidas; y por otro, sentí alivio, porque esas torres abstractas, fuera de escala, dejaron de afectar el entorno de la ciudad.

—Tengo entendido que su estudio va a construir un edificio de 67 pisos, gemelo del Empire State, en la calle 34, a la altura de Penn Station y que el proyecto generó controversia…

—El proyecto está a cargo de mi hijo Rafael. El conflicto surgió con el dueño del Empire State, Anthony Malkin, que no quería competencia. (la torre, aprobada por el Consejo Comunal de New York, tendrá 67 pisos y 366 m de altura, frente a los 102 pisos y 381 m del histórico rascacielos, Ndr).

—¿Recuerda su primer diseño?

—Fue una casita de veraneo, para mis suegros, en el pueblo de Campo Quijano, en Salta, que quedó muy linda. Hace unos diez años fui a verla y estaba bastante cambiada.

—Antes habló de la importancia del arte en sus diseños. ¿Qué espacio tiene el arte en la arquitectura?

—Muchas veces dibujo mis edificios en pasteles al aceite. El arte es un componente muy deseable para mí y para mis edificios; hemos colaborado con muchos artistas, algunos muy conocidos.

—¿Cuáles?

—En el diseño del Aeropuerto Ronald Reagan, Washington, trabajamos, entre otros, con la diseñadora de indumentaria Jennifer Butler y el pintor Daniel Graves. Cuando hicimos el Adrienne Arsht Center for the Performing Arts, en Miami, convocamos a dos artistas cubanos muy buenos: José Vedia y Facundo Bermúdez, quien realizó un inmenso mural de mosaicos. Nos gusta buscar a artistas locales, preferentemente desconocidos.

—Ya diseñó viviendas, oficinas, museos y centros de investigaciones médicas. ¿Qué tipo de edificio que aún no haya hecho le gustaría diseñar?

—Un gran edificio público en Buenos Aires.

— ¿Diseñó alguna vez un templo religioso?

—Una iglesia católica en New Orleans. Es muy moderna, no sólo como diseño arquitectónico sino también en liturgia religiosa, ya que tiene forma circular y el altar se ubica en el centro. De ese modo, los feligreses, dispuestos en círculo, deben mirarse unos a otros en lugar de hacerlo hacia el frente.

—Sus diseños son muy modernos, pero ahora que está de moda lo vintage ¿considera que podría hacer algún edificio que combine líneas modernas con otras del clásico francés o del art noveau, por ejemplo?

—No haría un diseño que involucre el clasicismo tradicional. Pero si se trata de captar el espíritu del pasado a través del uso de determinados materiales, sí.

—En este momento, cuando la globalización avanza sobre todas las áreas, ¿es posible hacer una arquitectura distintiva?

—Es imposible escaparse de la globalización. Estamos atrapados en ella…

—¿Cómo sería su ciudad ideal?

—No me interesan los ideales, sino lo real.

—¿Cómo cree que será la arquitectura del futuro?

—(Estalla en una carcajada) Sólo sé algo del futuro: jamás será como lo imaginamos.