Coral Gables, el costado europeo de Miami

A solo minutos de la afrodisíaca Miami, una ciudad y un hotel con espíritus netamente mediterráneos y la energía reparadora de la naturaleza.

Por V. Bonavena

En víspera del 4 de julio, Ocean Drive es un infierno que te cocina a fuego lento. El termómetro burbujea y la gente, de las más diversas cepas, salta de las playas a los bares de la costanera. El after de rigor es un carnaval, y se arma con cervezas y margaritas a lo largo de la calle. El aire huele a aceites posolares, a humedad, a alcohol. Lo que a mediodía era una impasible postal art déco de los años 40 o 50 se transforma ahora en un hervidero de egos y trastes erguidos, los más trabajados del planeta, tal vez; un desfile de Ferraris, limusinas y otras fieras del asfalto. Los dioses de la pasarela son Armani, Dolce & Gabbana y Versace, mártir de South Beach, con altar y templo propio a orillas del mar.

Sin city por excelencia, Miami desnuda todas sus artimañas de chica peligrosa al atardecer. “Tengo tantos diamantes en mi reloj que no puedo ver la hora, nena”, aúlla un mustang negro con un arsenal de watts metidos en el baúl. Hip-hop, rap, bachata con subbuffer alimentan la hoguera.

A solo 25 minutos del campo magnético de Miami Beach (y del down town y de sus otros varios paraísos de consumo), la canción es completamente distinta. En los frescos salones de mármol del hotel Biltmore, un desconocido se sienta al piano y toca una melodía que suena a partitura importante. Tanta es la diferencia que acá adentro no parece Florida, sino Europa: un palacio con espíritu mediterráneo, con techos altos, arañas, galerías, patio interno y hasta un par de antiguas jaulas de madera con diamantes africanos de plumajes estridentes.

El hotel Biltmore es el faro que conduce hasta Coral Gables, una elegantísima ciudad del condado de Miami, soñada y diseñada por un tal George Merrick, el responsable de que sus calles lleven impronta y nombres alusivos al Viejo Mundo.

La inmensa piscina de The Biltmore hotel.

 

El señor Solomon Merrick (padre de George, casado, cinco hijos, ministro de la iglesia Congregacional) había decidido cambiar los crudos inviernos de Massachusetts por los jardines tropicales de Florida. En 1899, compró en esta zona, por entonces virgen, una granja de 65 hectáreas, donde se estableció con su familia para dedicarse al cultivo de cítricos. La operación se realizó en solo 1.100 dólares. En poco tiempo, estrenó una bonita casa de piedra caliza, bautizada “Coral Gables” en honor al material empleado para su construcción, y a “Grey Gables”, nombre de la casa de veraneo que el ex presidente Grover Cleveland poseía en Massachusetts. El que tomó la posta familiar, luego del fallecimiento de Solomon, fue su hijo George Merrick, quien al cabo de una década extendió el área de cultivo a 1.200 hectáreas y logró posicionar a la productora, la Coral Gables Plantation, entre las más importantes de la región.

Persuadido por los éxitos comerciales y convencido de su buena estrella, G. Merrick fue por más. En 1914, se dedicó a la política y llegó a ser concejal del condado de Dade (posteriormente, Miami-Dade), aunque su verdadero talento explotó en el campo inmobiliario, tanto como promotor como constructor. Nadie mejor que él vendía este exuberante y rico ecosistema de la bahía. Merrick llegó a tener un verdadero imperio inmobiliario, con una legión de tres mil vendedores a su cargo. Las excavadoras se pusieron en marcha, y durante los años 20, la cantera de piedra caliza comenzó a ser devorada, bocado a bocado, con la venta de cada lote (parcelas de entre 600 y 1.200 metros cuadrados).

La visión recurrente de Merrick se hacía realidad: instalar en medio del bosque tropical una villa de estilo europeo, fundada en la belleza de la arquitectura y el paisajismo. Asesorado por un equipo de arquitectos, diseñó una ciudad de carácter marcadamente español, con numerosas plazas; estatuas, fuentes y paseos. Los nombres de las calles, incluso, están tomados de un diccionario enciclopédico español (Granada, Alhambra, Segovia, Valencia…). Semejante tributo, le valió a Merrick la medalla de la Orden de Isabel la Católica, entregada por el rey Alfonso XIII de España en persona.

Entre los más filosos promotores inmobiliarios de aquellos tiempos de esplendor, se encontraba el ex candidato a presidente William Jennings Bryan, padre de una célebre frase: “Podés despertarte por la mañana y contar la mayor mentira que se te pueda ocurrir sobre el futuro de Coral Gables, y antes de irte a la cama, por la noche, te avergonzará tu modestia”. Y el futuro llegó y Bryan tenía razón. Si de algo no goza esta ciudad es de modestia. Sus números son abrumadores: el ingreso medio por vivienda supera los 128.288 dólares; el ingreso per cápita es de 51.624 dólares; el valor catastral promedio de las propiedades es de 710 mil dólares; más del 50 por ciento de los residentes tiene títulos universitarios; y el 25, un posgrado o un doctorado.

En la serena Coral Gables, el mundo parece un lugar perfecto.

Suite del hotel Biltmore.

Este es el hotel que 8 de cada 10 huéspedes elegirían para filmar una escena de película. Locación perfecta para cualquier género. James Bond y Madame Bovary se cruzarían perfectamente en alguna de sus galerías, entre otros personajes, entre otros fantasmas. Varias señoras de coquetos peinados se llenaron acá los ojos con el joven profesor de natación, Johnny Weissmüller, futuro Tarzán cinematográfico y hombre-récord (algunos batidos en esta impresionante piscina de 23 mil metros cuadrados).

El hotel Biltmore es la evidencia arqueológica de la existencia del glamour en Coral Gables, una mezcla de palacio italiano con castillo sevillano, cuya torre central de casi 30 metros de altura, y cúpula revestida en cobre, emula la magnificencia de la Giralda. Es la obra maestra con la que Merrick decidió rubricar su monumental capricho europeo. La idea no era solo la de brindarle a esta ciudad, de casi 50 mil habitantes, la posibilidad de contar con un hospedaje de lujo, sino la de crear además una pequeña meca del deporte y la moda. El 14 de enero de 1926, su inauguración fue el acontecimiento social del año, con 1.500 invitados, cena-baile, tres orquestas, jazz, litros y litros de champaña. Pronto el hotel se convirtió en el platillo favorito de aristócratas, mandatarios, estrellas del espectáculo y otros personajes influyentes, quizá no tan bien reputados, como el señor Al Capone.

La densidad de estas 61 hectáreas que te rodean se siente en el silencio espeso de la naturaleza. Desde las habitaciones posteriores, la vista del campo de golf es reparadora: 18 hoyos de verde rabioso, semejantes a un jardín palaciego. Hay también 10 canchas de tenis, un spa de primera clase, cabañas privadas, 273 habitaciones, restaurantes con sello gourmet y un bar con el fondo de barra más estupendo de todo Miami. Sin mencionar, desde luego, la piscina más grande y famosa de los Estados Unidos.

Bar y galería de The Bitlmore Hotel.

No siempre fueron tiempos felices en el Biltmore. Los ecos de la buena vida se apagaron con la Segunda Guerra Mundial, cuando los pisos de mármol se cubrieron con capas de linóleo, y varias ventanas se tapiaron para transformar el hotel en un inmenso hospital militar, que funcionó hasta 1968. Acá murieron y revivieron heridos de guerra. Acá, mientras en el piano se posaban otras manos, dentro de un lujoso cuarto de las plantas superiores (el favorito de Al Capone), la mafia escribía uno de sus varios policiales negros. Era 1929, plena Ley Seca, y un grupo de muchachos bien trajeados tomaba whisky y jugaba a las cartas en la clandestinidad de la habitación. De pronto el ambiente se caldeó y el señor Wilson sacó su pistola automática y le pegó un tiro al señor Fats Walsh. Final del juego. El móvil nunca se supo. De manera que no es extraño escuchar historias sobre fantasmas en el Bitmore, algo que no hace más que agigantar su leyenda.