Apuntes de la Highway 1

La ruta Los Ángeles-San Francisco tiene 550 kilómetros: se los puede recorrer en un día, en un mes o incluso siempre.

Por Alfredo Serra

Los mapas son fríos. Tienen letra, pero no música. Le indican al que empuña el volante que la Pacific Coast Highway (State Route 1) es una serpiente de cemento de 550 kilómetros. Con un auto normal, el periplo Los Ángeles-San Francisco puede cubrirse en un día sin necesidad de ser Sebastián Vettel, el alemán más rápido del planeta. Pero nada habla de su alma secreta: la que aletea a lo largo del azul Pacífico desde 1926. Línea suavemente sinuosa, cuando arranca desde Los Ángeles deja atrás a la mayor catedral del siglo XX: el cine, que en el 26 era mudo, pero ya había levantado los primeros grandes estudios y había dado sus primeros genios, Charles Chaplin y David Wark Griffith. Uno, la risa y las lágrimas. El otro, el milagro del montaje: el abecé del lenguaje de la pantalla de plata. Y también, la sombra del edificio Cahuenga, donde Philip Marlowe, el detective creado por Raymond Chandler, esperaba en su oficina polvorienta el llamado telefónico o la entrada de la dama que lo llevarían al peligro, al crimen misterioso, a la corrupción, a todo lo que irá descubriendo como capas de una cebolla con el desencanto de un cínico y la luz de un moralista.

Y aunque el ruido del motor no deje oírlo, flotará eternamente el milagro del jazz de la Costa Oeste: cool (frío) en oposición al hot (caliente), fusionando el bebop con el swing y dejando inmortales como Miles Davis, Gerry Mulligan, Bix Beirdebecke, Stan Getz, Chet Baker…

Más tarde o más temprano, distraído por los acantilados costeros, las garzas, los zopilotes, los cormoranes y el cambiante mar, pasará por los refugios en que vivieron, amaron y escribieron Jack Kerouac, padre del movimiento beatnik (preludio del hippismo), y el brutal Henry Miller, que, solo con sus trópicos (Cáncer y Capricornio), su sexismo al rojo vivo y su vida trashumante, exasperó a las sencillas almas del Medio Oeste, aterradas por “la pandilla de Big Sur”, como la llamaban y condenaban.

Acaso pase a toda velocidad por un pueblito irrelevante: Castroville. Sin embargo, allí nació, el 1 de junio de 1926, Norma Jeane Morrison. Sí: Marilyn Monroe. El mayor sex symbol de la historia del cine. La amante de John Kennedy. Aquella de la escena que le costó su divorcio con el máximo bateador de su tiempo: Joe Di Maggio, cuando pasó por esa calle neoyorquina y la vio con las polleras levantadas por el viento del subte en Lexington y 51. Estaba filmando La comezón del séptimo año… pero nadie pudo convencer a Di Maggio de que era ficción. Y más tarde, apenas a los 36 años, su extraña muerte. ¿Suicidio, sobredosis, o una operación del FBI porque sabía demasiado? Solo su tumba lo sabe…

El puente Bixby Creek, Costa Oeste norteamericana.

Imaginemos una parada en el restaurante Nepenthe, Big Sur, para comer la especialidad de la casa: pollo con salsa de arándanos. ¿Alguien le dirá al viajero que esa fue la casa de Rita Hayworth y OrsonWelles, y que se divorciaron antes de pasar una noche allí?

Y más allá, en la ciudad de Santa Cruz, todavía vivientes aunque borroneados por el tiempo, carteles del movimiento feminista y de apoyo a las tropas norteamericanas que batallaban en el Pacífico… Y en Pigeon Point, otro cartel alentador: “You are now entering a hate free zone” (Usted está entrando en una zona libre de odio): en estos tiempos, un remanso…

Por cierto, puede el viajero pasar tranquilo por Carmel-by-the-Sea, y hasta cometer alguna infracción: ya no está allí su justiciero alcalde. El hombre del Magnum .357. Harry el sucio. Sí: Clint Eastwood, ícono absoluto de Hollywood.

Y de pronto se entra en San Simeon, de doble y fastuosa historia. Allí construyó su monstruoso castillo Randolph Hearst, absoluto zar de la prensa, y sobre ese delirio se inspiró Orson Welles para filmar la película que todavía figura en el segundo puesto de la nomenclatura de las más grandes jamás filmadas: Citizen Kane (El ciudadano), y para imaginar un castillo aun más surrealista: Xanadu.

Desde luego, para los nuevos tiempos y los viajeros jóvenes, la Highway 1 tiene otros condimentos: el olor de las algas que trae el viento desde el mar, los paisajes para “El momento Kodak” (hoy digital), los pueblos de pescadores que languidecen, los faros abandonados, algunos rincones que más parecen de Irlanda o de Noruega que de los Estados Unidos, los vagabundos, los ermitaños, los motociclistas al estilo del film Busco mi destino, los infinitos viñedos, el colosal acuario de Monterrey, las frutillas que se derriten en la boca… No importa: el alma del arte sigue y seguirá viva.

Y por fin… ¡San Francisco a la vista! Cultural, de estilos arquitectónicos irrepetibles, de los míticos tranvías, de la incomparable bahía, de los restos de la terrible prisión de Alcatraz, de su Chinatown imprescindible, de su tolerancia gay, del Golden Gate, y sobre todo, del War Memorial Opera House, que no exige explicación. Basta con recordar a Richard Gere y a Julia Roberts en la conmovedora escena del film Pretty Woman (Mujer bonita), cuando ella derrama incontenibles lágrimas en el final de La Traviata, sin pensar ya en el collar de doscientos cincuenta mil dólares que rodeaba su perfecto cuello…

Eso sí: una advertencia. Al llegar al último destino, en verano o en invierno, abríguese. Porque como bien dijo Mark Twain, “El invierno más frío que pasé en mi vida… fue un verano en San Francisco”.